Robotín de Google

26 de febrero de 2014

Lo que no me gusta



Las opiniones. La mayoría de los periodistas. Los análisis tempranísimos de acontecimientos recientes. Los expertos que salen en televisión. La televisión en general. Cuando se endiosa a un periodista o a otro personaje público. Cuando delegamos nuestro libre-pensamiento en fórmulas ya dadas y sencillas de comprender. Cuando se simplifica el mundo. Cuando te dicen que hacer el mundo complejo es un principio de la acosmia. La tesis de que la ley o la democracia es el menos malo de los modos de organizarnos en sociedad. Cuando se toma el ser por un deber ser. Cuando la policía se salta los semáforos sin ningún motivo. Cuando la gente se queda en el carril izquierdo de la autopista. Cuando aliñan demasiado una ensalada. Cuando el agua sabe a tubería o cuando sale poco fuerte (eso me pasa por vivir en un noveno).

El Partido X. UPyD. Que se dé tanta importancia al PP y al PSOE y a lo que sus miembros dicen. Que se dé, en general, tanta importancia a los que desde hace décadas siguen el mismo discurso. Repito: que se delegue el pensamiento en otros. El Partido X, Podemos... La indefinición, el populismo enmascarado en proclamas poéticas y citas a punta pala. La cabezonería del marxista del siglo XXI. Pablo Iglesias, Jordi Évole, Rosa Díez.

El cientificismo. Punset. Cuarto Milenio. Los seis canales de lectura del Tarot que hay en el TDT. Los engaños de Telecinco con programas como el de Anne Germain que me parece que centuplican el mal que pueda hacer Sálvame.

No me gusta que se critique a los canis ni a las chonis. No me gusta que se eche la culpa a los ninis del mal de un país, o a los extranjeros, o a las personas vagas en general. No me gusta el trabajo forzado ni manual. Tampoco me gusta que no haya máquinas que eviten al ser humano tener que realizar determinadas actividades indeseables. No me gusta la minería, el transporte de muebles o la albañilería.

Las peluquerías que cuestan más de doce euros porque al propietario se le ha ocurrido poner una chorradita que te hace masajes en la espalda mientras te lava el pelo. Tampoco las cajeras del Mercadona que no sonríen ni se despiden al despedirte tú de ellas. No me gustan los profesores que están todo el rato diciendo "esto lo dijo tal, aquello lo dijo cual".

Los conferenciantes que leen un papel. No me gusta el papel en general. No me gusta cuando me miran con cara extraña al ver que no uso ni un solo papel. No me gusta que piensen que mi trabajo es de peor calidad por ser este totalmente digital. No me gusta el anarquismo primitivista. Tampoco los hippies. No soporto las mochilas de tela de los hippies, me parece que no realizan bien su función y que se rompen rápidamente. No me gustan los pelos con una rasta, o todo lleno de ellas o ninguna. No me gusta el pelo largo con puntas abiertas. Tampoco el unicejo. Los pelos en los dedos o en las orejas. Sin embargo, no me gusta la gente depilada al completo o que encuentra en ello una preocupación de primer orden.

No me gustan los culturetas ni los pedantes cuando no han de serlo, tampoco los cantantes sin registro agudo. No me gusta la gente que alardea a destiempo de lo que ha leído o de lo mucho que sabe sobre algún asunto. No me gustan las personas cultas que no hacen nada con tanta información.

No me gusta la sistematicidad argumental.

No me gustan los filósofos equidistantes políticamente. No soporto a los filósofos cristianos pero sí a los jesuitas. No soporto que se dé tanta información sobre los papas pero, por otro lado, me gusta conocer más del enemigo a batir intelectualmente.

No me gustan las frases del estilo "toda opinión es válida" o "el uso de la violencia te quita instantáneamente cualquier razón que pudieses tener". No me gusta esa pereza mental que sentencias como esas dejan relucir.

No me gustan los Twingo ni los todoterrenos gigantescos que causan sensación en los Estados Unidos.

No me gustan los Estados Unidos, ni los demócratas de ahí ni los republicanos. No me gustan las películas americanas con guiones predecibles. No me gustan las historias en las que, con calzador, se inserta una historia de amor.

No me gustan las bicicletas sin marchas. Prefiero el metro al tranvía. El blog al periódico. El coche a la moto. El avión a todo lo demás.

No me gusta que no haya vallas en los amarraderos. Tampoco que las carreteras secundarias tengan carriles tan estrechos.

Me cargan los revolucionarios de pacotilla. Ana Belén respirando fuerte en sus actuaciones en directo. Rob Halford dando una brazada en el aire para coger aliento. Axl Rose y su baile famoso. Avicii y los Cuarenta Principales. Punto Radio y en lo que se convirtió mi programa favorito. Los podcasts estilo Kafelog y de debate sobre nuevas tecnologías. El exceso de información sobre un mismo asunto y la escasez sobre tantos otros. El endiosamiento de Steve Jobs o de cualquier empresario/emprendedor.

No me gusta nada que se dé tanta importancia al emprendedor, a las carreras técnicas  y a las aplicaciones prácticas en el mundo de conocimientos absolutamente teóricos en una carrera universitaria teórica en puridad.

No me gusta la homeopatía ni el timo de alimentar a las defensas. Tampoco la medicina oriental ni la naturopatía. A pesar de eso me caen gordos los occidentalocentristas y los que ven en la ciencia la salvación de la humanidad.

No soporto el pensamiento fácil, las frases flatus vocis, los fascistas y sus versiones simplificadas y menos dañinas. No soporto a los bloggers de moda ni a los Youtubers que hacen covers o reflexiones de autoayuda. No me gusta el humor que no deje detrás de sí una reflexión política o psicoantropológica.

No soporto bien las escenas en exceso emotivas que no calculan en su justa medida la emotividad. No aguanto bien leer poesía de gente que conozco. No me gustan las comas ni los signos de puntuación. No me gustan las citas en libros y menos si ocupan más de media página.

No me gustan los libros de texto, los chupachuses sin chicle dentro ni los filósofos británicos.
No me gustan los coches con doble tubo de escape, los pianos con menos de cuatro octavas, los anuncios de colonia ni los viajes en autobuses sin espacio suficiente para las piernas.

No me gusta que se ningunee a Galdós y que disfrutemos de escritores raros antes de ver a los clásicos. No me gusta Ponte a Prueba por el exceso injustificado de sonidos enlatados. No me gustan los programas sobre sexología porque no me gustan los moralistas que surgen, como setas, de ahí dentro.
No me gustan los huevos fritos si no tienen encima sal carbonizada y patatas golden. Tampoco el tomate fresco o la CocaCola esbafada.

No me gusta comenzar a escribir un post -porque no hay nada, es todo muy blanco- y tampoco me gusta darme cuenta de que me he pasado de la extensión recomendable.

Un saludo.

Fran Riveira

En Zaragoza, 26 de febrero de 2014.

20 de febrero de 2014

Diagnóstico



El médico habla a Frank Gallagher como si estar a punto de morir de cirrosis fuese algo que ocurre cada día. Bromea sobre su estado con una sonrisa sin forzar en la cara. Frank le observa tranquilo, consciente, mientras sigue sus bromas. Es algo habitual para él que se tome su estado de manera no trágica. Se trata de un acontecimiento atmosférico frecuente. Hay que describirlo con exactitud, pulcramente, usando terminología médica, no manchando ni estropeando el momento amable con detalles innecesarios. El diagnóstico anti-gore.
El hospital entero es blanco, como todos los hospitales. La cara de Frank también es blanca, como la de todos los morituri.
El médico, de pronto, cambia de gesto. Ha terminado de explicarle sus problemas y le pregunta:

- Sabes que te estás muriendo, ¿verdad?
- Todos estamos muriendo, doctor.
- ¿Pronto?

Pronto.

En Zaragoza, 20 de febrero de 2014.

30 de enero de 2014

Territorio Alaska



De entre las diez canciones que recuerdo más vivamente de cuándo era pequeño se encuentra la de Abracadabra, de la serie La bola de cristal. Es curioso que la recuerde tan vivamente cuando esa serie se acabó antes de que yo naciera. Imagino que por aquel entonces también se estilaban las reposiciones. Quizá algún día me dé por ver la serie entera, por lo que he leído era una serie interesante, para un público joven tratado con simpatía y de igual a igual.

Como cualquier español que haya escuchado la radio o visto la televisión alguna vez en su vida, conozco a algunos personajes de la movida. La creación de esos artistas que innovaron en terrenos tan desérticos como el punk, el rock glam, etc. parece que se ha quedado anquilosada en el pasado. Si algún momento en el tiempo tenía sentido hacer del ridículo un arte fue en los años 80. El sarcasmo de la historia suele dinamitar las dictaduras con las tendencias más coloridas... y estupefacientes.

El territorio Alaska es ese camino que han tomado muchos artistas. Normalmente estos artistas habían entrado en esa Movida de rebote, sin pretender montar un movimiento juvenil y cultural con mayúsculas. Normalmente los proyectos de mayor envergadura suelen recoger lo sembrado por muchas personas a la vez sin, aparentemente, conexión. Muchos de estos cantantes, actores, actrices, poetas... no se conocían de antes pero la propia inercia del movimiento los movió a espacios comunes en los que si uno cantaba determinada canción era a partir de los poetas novissimi y criticado favorablemente en los periódicos por los escritores afines a la Movida.

Vivir rápido y morir joven es una de las señas de identidad de esta generación. El problema es vivir demasiado rápido y no morir para nada... ¿qué les ha ocurrido?

Encuentro señores y señoras descafeinados, sin motivación... perdido cualquier vestigio de crítica social que habían tenido en su época, se han acomodado y han hecho del sufrimiento de las secuelas de su exceso un patrón de comportamiento inevitable. Recorren platós y escriben libros de memorias para tratar de mantener viva la llama y hacer que su recuerdo no se pierda. Si en algún momento pudieron ser auténticos (no me cabe la menor duda, hubo mucha gente auténtica en los años ochenta) ahora es tiempo de vivir de las rentas, de las recopilaciones de greatest hits y de los programas estilo Alaska y Mario que producen en el espectador una especie de amor por lo ridículo, insulso y estúpido, al mismo tiempo que despiertan en él una añoranza por un tiempo mejor.

Qué lejos ha quedado la movida. Qué baldío ha quedado el territorio Alaska. Ahora no sólo no quieren morir jóvenes sino no morir nunca, ser inmortales en el recuerdo de los madrileños y españoles en general. Pero no hay escapatoria.

Descanse en paz lo auténtico.

Fran Riveira

En Zaragoza, 30 de enero de 2014.

29 de enero de 2014

Un paraíso lleno de basura

No sé sobre qué bases antropológicas se sostiene este dogma de fe neoliberal que dice que hemos de realizarnos a través de nuestro trabajo.
Me parece una salida muy fácil a todo. Mantenerse en el statu quo siempre es la salida más fácil. Creo que hay que leer con mayor atención esos cantos a la pereza y a la inacción.

¿Qué es sino inacción y pereza la teoría del decrecimiento?
Si hay que decrecer en producción y en polución entonces hay que trabajar menos o de otra manera. No, cuando digo de otra manera no hago ninguna concesión al trabajo. Creo que el futuro de cualquier sociedad civilizada tendría que pasar por poder ofrecer una renta básica a todos sus ciudadanos. No me valen contra esto retóricas de la excelencia y de la competitividad, retóricas asesinas e insostenibles. Ese tendría que ser el objetivo de cualquier sociedad. Otras sociedades tienen como gracioso objetivo el comer tres veces al día... ¡qué locura! Igual en este país tenemos que comenzar a proponer propuestas de esa índole para partir de la base.

Las políticas no parten de la base sino que están a otro nivel. El nivel macroeconómico (la macro-economía, pseudociencia asesina por excelencia, incapaz de predecir la podredumbre humana, ergo asesinato científico) es el que aparece en los primeros minutos de cualquier telediario. Me pregunto si (el que tiene el lujo de tener una casa y una televisión -si no le han cortado antes la electricidad-) alguien entiende esas cifras y terminología. ¿Está la sociedad obligada a entender de economía? No. Tiene derecho a estar informada y a no ser analfabeta funcional pero no tiene por qué saber de bolsa ni de inversiones extranjeras ni de cosas que no le van ni le vienen... al ver ese inicio de telediario observa las mareantes cifras con un acostumbrado estupor y con una resignación dignas del judío más viejo del campo de concentración que ha visto morir ya a toda su familia.

Ufff, me he ido totalmente de tema pero me da igual.

No sé qué bases antropológicas hay en este sistema pero está claro lo que dicen: el hombre es, en esencia, productor. El hombre se primitiviza y se vuelve cazador-recolector en una sociedad en que dichas actividades tendrían que estar ya más que automatizadas. "Running for your lives", que dice la canción de Iron Maiden.

Así que no me apetece caer en ese juego, todo lo contrario, me sienta bien denunciarlo y me parece un servicio público que alguien pueda leer esto y, estando o no de acuerdo con lo que digo, reflexionar un poco al respecto.

Como no quiero ser moralista, que para eso tenemos a los periodistas de Público y a los Pablos Iglesias de turno, dejo aquí mi reflexión. Esto es lo que pasa y así es como de mala manera lo describo.

Iba a decir que hay que tener cuidado pero es que ya teníamos que haber tenido cuidado hace años. A veces leo ensayos de los años 80, todos ultraeuropeístas, preocupados por el estado de bienestar, ¡qué gozo! Cuando las necesidades básicas están cubiertas, ¿qué le pasa al ser humano? Se pinta como se viste el patrón, el rico y el propietario.

¿Qué hace el cine? El cine chabacano español que muchos han criticado (no sin sus buenas dosis de moralismo, ojo con eso) y el estadounidense estereotipado hasta decir basta son creadores de paraísos. Pintan la realidad actual, la dotan de un humor picante y reflexionan fugazmente sobre ella. La reflexión rápida se queda en la superficie del paraíso y a todo el mundo le encanta.

El cine ofrece como paraíso la realidad de la que hay que escapar.

Un saludo.

Fran Riveira

29 de enero de 2014, en Zaragoza.