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4 de diciembre de 2014

Qué nos ocurre mientras hablamos otros idiomas




Desde siempre me ha interesado la experiencia personal de la gente con los idiomas que sabe. Podría contar unas cien anécdotas de escritores importantes relacionadas con los idiomas que sabían o que estaban aprendiendo. Todas ellas son diferentes pero muestran una vivencia del idioma que tiene puntos en común.

Pienso que los idiomas hacen algo más que comunicar sentimientos o voliciones. Tienen una labor cultural importantísima y sirven como vehículo de pensamientos complejos expresados de una manera que quizá no se encuentre en otra lengua. Ahora mismo, los idiomas más hablados en todo el mundo son capaces de expresar las mismas realidades. Son casos extremos aquellos idiomas que tienen, como dice la anécdota, decenas de adjetivos para referirse al color y calidad de la nieve. Es una exageración que nos pretende demostrar, entre otras cosas, que los idiomas poseen una cualidad irreducible y que por mucho que en el terreno de lo útil sea beneficioso tender hacia una lengua en concreto, esta tendencia eliminaría culturas de raíz. 

En España ha ocurrido con las lenguas guanches, habladas en Canarias. Ya apenas hay personas que las mantengan y los pocos que saben algo de ellas van a morir en los próximos años. Lo mismo ocurre con el aragonés. Conozco a gente que intenta mantenerlo vivo pero el poder del español (y no solo porque esté asociado a un país como España, sino por América sobre todo) es tan grande que otra lengua apenas se necesita para el día a día.

Quería hablaros hoy de esta vivencia de los segundos idiomas. Estamos tan enfrascados en nuestras propias lenguas que meter en nuestra cabeza otro idioma y usarlo habitualmente es todo un reto cognitivo y vivencial. Podría hablaros de la experiencia de esos autores sobre los que he escuchado conferencias. Alguna vez he hecho mención a la primera vez que sentí envidia por alguien (¡un personaje ficticio!) que sabía dos idiomas, era la protagonista de un libro para niños sobre la situación de una familia durante la Segunda Guerra Mundial. Esta niña era alemana y tuvo que emigrar a Francia para sobrevivir ya que su familia era judía. Cuenta el libro, muy simpáticamente, cómo poquito a poco iba aprendiendo más francés en el colegio. Narra cómo, al principio, la niña sentía que estaba fuera de lugar, veía todas las palabras ante ella como cosas inseparables y sin sentido. Sin embargo, poco a poco comenzó a chapurrear el francés y, un buen día, se sorprendió a sí misma pensando en este idioma.

Mi experiencia es la siguiente.

Acabo de hacer mi primer examen en inglés. El examen no era sobre inglés sino sobre filosofía. Ya he hecho dos exámenes en lo que llevo de curso en la Universidad del Bósforo y, aunque no me gusten como forma de evaluación, sí que quería vivir el reto. Los exámenes han sido más sencillos de lo que me imaginaba, no porque yo sea Erasmus (ya que a todos, al ser una universidad en inglés, se nos trata igual) sino porque no iban a matar. La fama de universidad competitiva que tenía el lugar donde estudio este año creo que se ha perdido un poco. Mejor para todos.

El examen ha ido bien porque sabía los conceptos. Lo que ha supuesto mayor sorpresa para mí no es hacerlo bien sino hacerlo en inglés. Conforme iba escribiendo recordaba, al igual que hacen los niños, a las "personas mayores" que me habían hablado hasta ese momento en inglés. Intentaba utilizar conectores y cultismos, idioms que usan algunos de mis profesores en esta universidad... todo para dotar a mi primer texto/ensayo/examen en inglés de una mayor calidad. Estoy totalmente seguro de que seguiré mejorando porque eso es lo bueno de los idiomas, que nunca se va para atrás. Al escribir, como tenía que pensar todo más detenidamente, procuraba dejar las ideas bien claras. En inglés, al igual que en español, se nota enseguida si uno parafrasea o intenta evitar los puntos clave de la pregunta que está contestando. Al hacerlo en inglés, al igual que ligar en otro idioma, se tiende a ir a lo concreto, dejarse de medias tintas y decirse las cosas bien claritas desde el principio. Las ironías y sarcasmos son la pirámide del buen estilo al escribir y, por desgracia, es también la última competencia que se adquiere en un idioma que no es el nativo.

Al hablar me sorprendo a mí mismo al no pensar determinadas estructuras. Si hablase más esto se notaría más. En mi inglés no me preocupo excesivamente por el acento aunque no suena tan españolizado como el de otras personas (por no hablar de Ana Botella). Como escucho y veo a estadounidenses entonces mi pronunciación tiende a ser estadounidense. Utilizo verbos acortados a la forma estadounidense e incluso a veces digo "gotten" y no "got". No me preocupo por el acento. Soy de los que piensan que la pronunciación es lo último a adquirir en un idioma que no es el tuyo. Hablo italiano sin acento italiano pero pronuncio sin errores las consonantes como es debido. Otros, por la musicalidad tan llamativa de este idioma, aprenden primero el tono y luego el vocabulario.

En inglés son estructuras que ya vienen solas. Un idioma se sabe cuando el flujo del pensamiento va al mismo ritmo que las palabras que salen por la boca. Al igual que no paramos de pensar en castellano por falta de vocabulario, en inglés tenemos que tener un vocabulario considerable para que esta fluidez se note. Esto llegó un día mágicamente. Llevaba hablando media hora con una amiga griega y, en cierto momento, ya no pensaba primero en español lo que quería decir y luego lo aplicaba al inglés. El que pretende hablar así un idioma que no es el suyo es un mal hablante.

Hay expresiones que un traductor es incapaz de convertir correctamente. Hay algunos títulos de libros, por ejemplo: "La importancia de llamarse Ernesto" que, ni de lejos, vienen a significar lo que quería decir en su idioma original: "The importance of being Earnest" (Earnest significa Ernesto y, al mismo tiempo, honrado). De ahí el problema al doblar las series. Hay traductores bestiales que son capaces de integrar expresiones en castellano lo más parecidas a las del inglés (o del idioma que estén tratando en cada momento). Eso es increíble por lo dificultoso y demuestra que son verdaderos conocedores del idioma. 


Acabando con el post, me gustaría animar a todos aquellos que intentan hablar en inglés pero que no consiguen expresar pensamientos complejos. Ellos lo tienen todo en la punta de la lengua pero no consiguen expresarlo en inglés. Esto es, ni más ni menos, un problema de vocabulario y fluidez. Y son dos cosas que van de la mano. Uno puede tener un vocabulario enorme pero no ser capaz de unir todo lo que sabe en una frase con sentido. El caso óptimo es justo el contrario: los que intentan hablar fluidamente con el poco vocabulario que tengan. Hablar fluido es un arte. Es, como dice la metáfora del conocimiento del ser humano, un barco que se va construyendo a sí mismo conforme va surcando los mares. Si surge un problema, tiene que solucionarse a bordo. Es una mónada. Los únicos momentos en los que este barco recibe ayuda del exterior, por supuesto, son aquellos momentos en que escucha inglés, lee inglés y comprende una estructura o palabra nuevas... Sin embargo, hasta ese instante, el modo correcto de enfrentarse ante un idioma es corrigiendo el rumbo conforme se utiliza. Lo común es decir: como no sé expresarme tan bien como lo hago en español entonces me rindo y no hablo. ¡No! Lo que hay que hacer es, con lo poco o mucho que sepamos, conformar frases, por muy básicas que sean, pero que tengan sentido y estén bien formadas. ¡Así, poco a poco, y sobre esta base, podremos ir incorporando las nuevas formulaciones de pensamiento complejo que tanto deseábamos poder expresar en un primer momento y que un buen día seremos capaces de articular!

Un saludo.


Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

13 de noviembre de 2014

Tres consejos para cantar bien



Respira bien:

No conozco a ningún buen cantante que no sepa respirar. No hace falta que tengas una forma física espectacular. Te basta con saber hasta qué punto puedes llegar entre bocanada y bocanada de aire. No pasa nada por respirar con la boca, de hecho suele ser necesario si las canciones son rápidas. Respirar es, para mí, la mitad de la tarea de cantar bien. Si un cantante siente que no llega a algunas partes de la canción puede ser porque su técnica de respiración es deficiente. El consejo para mejorar esto es encontrar los sitios correctos de la canción donde respirar no entorpezca la melodía general y, por supuesto, practicar mucho. Por supuesto que si uno está en buena forma aguantará más la respiración que otro. Nunca hay que forzar, nunca hay que llegar a ponerse rojo del esfuerzo. Cada estrofa tiene que ser cómoda. Si no lo es corres el riesgo de pasar toda la carga a la garganta (en vez de al diafragma, que es lo correcto) y entonces te comenzará a doler. Lo mismo al contrario, tomar demasiado aire acaba por ser contraproducente

Vocaliza: 

Las palabras tienen que entenderse una por una. Hay berreos de "negra" que no quedan nada mal siempre y cuando los hagas como detalles. Cantar sin vocalizar todo el rato es como el canto de un borracho: uno llega al tono pero lo que está diciendo no se distingue. Recuerda que al cantar transmites emociones pero también un mensaje y si este mensaje está distorsionado, la mitad de tu trabajo será en vano.

Volumen alto: 

Canta alto. No cantes al cuello de tu camisa. Canta como si hablases en alto, lo más alto posible, ya tendrás tiempo para moldear ese volumen. Canta siempre forte. Siempre que puedas, claro. Lo más desquiciante de los cantantes de la actualidad es que parece que cantan en susurros, parece que siempre están hablando de amor (no lo parece, es la verdad) y, por tanto, cantar alto significa faltar el respeto al ser amado. Yo me niego a cantar si no lo puedo hacer en alto. Sencillamente, me he acostumbrado a cantar con volumen y, por tanto, hay cosas que mi voz no puede hacer si no es bajo un fuerte volumen imprimido. 

...


Respirar para aguantar tiempo cantando. Vocalizar para transmitir el mensaje deseado. Cantar alto para mostrar todos los colores de tu voz.


En Estambul, Turquía.