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21 de diciembre de 2014

Razones para aprender chino y árabe



Unos meses atrás escribí sobre cómo ser culto. Creo que se me olvidó darle más importancia a una parte ineludible dentro de ese camino: aprender idiomas.

Hay un tipo de personas (como yo) que nos gusta acumular y acumular conocimiento, y de cuanta más calidad, mejor. En este sentido, los idiomas son también una moneda de cambio con la que fardar o con la que, simplemente, poder resultar más cercano a otras personas en el mundo. Sin darme cuenta fui mejorando mi inglés y mi italiano, sin ser muy consciente de ello y con pocas oportunidades de practicarlo a lo grande. Eso sí, toda oportunidad que veía la intentaba explotar al máximo: en un viaje de tres días casi acosaba a los italianos para que hablasen conmigo y, en inglés, cuando conocía a alguien con el que no pudiese expresarme en otra lengua, intentaba hablar lo más posible, incluso con frases mal construidas o palabras inventadas y de apariencia internacional.

Los idiomas son otro de los grandes pasos a seguir para ser culto.
Hay tres o cuatro idiomas con los que uno puede decir que es capaz de hablar con la mayor parte de la humanidad: español, inglés, chino y árabe. El árabe lo tengo bastante presente, no diariamente sino dependiendo del círculo en el que me mueva. Con los amigos sirios (que no son metafóricos, son realmente personas de carne y hueso que he llegado a conocer) he aprendido un poco de ese idioma, aunque ya la mayoría se me ha olvidado... ¿por qué? Porque las anécdotas en idiomas con alfabetos distintos son difícilmente comprensibles. Quizá, por una buena jugada de la memoria, se mantengan palabras bien distinguidas (ki fak, evn el sharmouta...) pero para nada son suficientes. En cambio, con el inglés, francés, alemán... o las lenguas germánicas y latinas en general, al tenerlas tan presentes en nuestro día a día, esta labor es más interesante. A pesar de todo, un conocimiento de esos idiomas profundo y más allá de lo anédcotico requiere mucho tiempo. El alemán, por ejemplo, no es un plato fácilmente digerible.

¿Pero qué ocurre con otros idiomas como el chino? El chino y el árabe son los únicos dos idiomas que yo aprendería por motivos totalmente instrumentales, utilitaristas, sin intereses culturales previos (como me ocurría con el italiano o con el alemán). Son idiomas hablados por tantos millones de personas y que abren tantas puertas en cualquier ámbito (laboral, cultural...) que pasarlos por alto a mi edad (máxime habiendo gente con setenta y tantos que esá aprendiendo idiomas como si nada) es un error que no quiero cometer.



Por tanto, el siguiente paso en este camino es aprender bien uno de esos dos idiomas: chino o árabe. Ambos requieren años, requieren incluso vivir en el país (viviendo en Turquía
me doy cuenta de lo que estaría aprovechando aquí haber aprendido turco antes de venir), pero las satisfacciones que dan a corto y largo plazo son una consecuencia tan atractiva que no puedo esperar el momento de terminar la carrera y ponerme con ello.

Y si os interesan los idiomas y el modo de aprenderlos os dejo el canal de Steve Kaufmann

Un saludo.

En Estambul, Turquía.

4 de diciembre de 2014

Qué nos ocurre mientras hablamos otros idiomas




Desde siempre me ha interesado la experiencia personal de la gente con los idiomas que sabe. Podría contar unas cien anécdotas de escritores importantes relacionadas con los idiomas que sabían o que estaban aprendiendo. Todas ellas son diferentes pero muestran una vivencia del idioma que tiene puntos en común.

Pienso que los idiomas hacen algo más que comunicar sentimientos o voliciones. Tienen una labor cultural importantísima y sirven como vehículo de pensamientos complejos expresados de una manera que quizá no se encuentre en otra lengua. Ahora mismo, los idiomas más hablados en todo el mundo son capaces de expresar las mismas realidades. Son casos extremos aquellos idiomas que tienen, como dice la anécdota, decenas de adjetivos para referirse al color y calidad de la nieve. Es una exageración que nos pretende demostrar, entre otras cosas, que los idiomas poseen una cualidad irreducible y que por mucho que en el terreno de lo útil sea beneficioso tender hacia una lengua en concreto, esta tendencia eliminaría culturas de raíz. 

En España ha ocurrido con las lenguas guanches, habladas en Canarias. Ya apenas hay personas que las mantengan y los pocos que saben algo de ellas van a morir en los próximos años. Lo mismo ocurre con el aragonés. Conozco a gente que intenta mantenerlo vivo pero el poder del español (y no solo porque esté asociado a un país como España, sino por América sobre todo) es tan grande que otra lengua apenas se necesita para el día a día.

Quería hablaros hoy de esta vivencia de los segundos idiomas. Estamos tan enfrascados en nuestras propias lenguas que meter en nuestra cabeza otro idioma y usarlo habitualmente es todo un reto cognitivo y vivencial. Podría hablaros de la experiencia de esos autores sobre los que he escuchado conferencias. Alguna vez he hecho mención a la primera vez que sentí envidia por alguien (¡un personaje ficticio!) que sabía dos idiomas, era la protagonista de un libro para niños sobre la situación de una familia durante la Segunda Guerra Mundial. Esta niña era alemana y tuvo que emigrar a Francia para sobrevivir ya que su familia era judía. Cuenta el libro, muy simpáticamente, cómo poquito a poco iba aprendiendo más francés en el colegio. Narra cómo, al principio, la niña sentía que estaba fuera de lugar, veía todas las palabras ante ella como cosas inseparables y sin sentido. Sin embargo, poco a poco comenzó a chapurrear el francés y, un buen día, se sorprendió a sí misma pensando en este idioma.

Mi experiencia es la siguiente.

Acabo de hacer mi primer examen en inglés. El examen no era sobre inglés sino sobre filosofía. Ya he hecho dos exámenes en lo que llevo de curso en la Universidad del Bósforo y, aunque no me gusten como forma de evaluación, sí que quería vivir el reto. Los exámenes han sido más sencillos de lo que me imaginaba, no porque yo sea Erasmus (ya que a todos, al ser una universidad en inglés, se nos trata igual) sino porque no iban a matar. La fama de universidad competitiva que tenía el lugar donde estudio este año creo que se ha perdido un poco. Mejor para todos.

El examen ha ido bien porque sabía los conceptos. Lo que ha supuesto mayor sorpresa para mí no es hacerlo bien sino hacerlo en inglés. Conforme iba escribiendo recordaba, al igual que hacen los niños, a las "personas mayores" que me habían hablado hasta ese momento en inglés. Intentaba utilizar conectores y cultismos, idioms que usan algunos de mis profesores en esta universidad... todo para dotar a mi primer texto/ensayo/examen en inglés de una mayor calidad. Estoy totalmente seguro de que seguiré mejorando porque eso es lo bueno de los idiomas, que nunca se va para atrás. Al escribir, como tenía que pensar todo más detenidamente, procuraba dejar las ideas bien claras. En inglés, al igual que en español, se nota enseguida si uno parafrasea o intenta evitar los puntos clave de la pregunta que está contestando. Al hacerlo en inglés, al igual que ligar en otro idioma, se tiende a ir a lo concreto, dejarse de medias tintas y decirse las cosas bien claritas desde el principio. Las ironías y sarcasmos son la pirámide del buen estilo al escribir y, por desgracia, es también la última competencia que se adquiere en un idioma que no es el nativo.

Al hablar me sorprendo a mí mismo al no pensar determinadas estructuras. Si hablase más esto se notaría más. En mi inglés no me preocupo excesivamente por el acento aunque no suena tan españolizado como el de otras personas (por no hablar de Ana Botella). Como escucho y veo a estadounidenses entonces mi pronunciación tiende a ser estadounidense. Utilizo verbos acortados a la forma estadounidense e incluso a veces digo "gotten" y no "got". No me preocupo por el acento. Soy de los que piensan que la pronunciación es lo último a adquirir en un idioma que no es el tuyo. Hablo italiano sin acento italiano pero pronuncio sin errores las consonantes como es debido. Otros, por la musicalidad tan llamativa de este idioma, aprenden primero el tono y luego el vocabulario.

En inglés son estructuras que ya vienen solas. Un idioma se sabe cuando el flujo del pensamiento va al mismo ritmo que las palabras que salen por la boca. Al igual que no paramos de pensar en castellano por falta de vocabulario, en inglés tenemos que tener un vocabulario considerable para que esta fluidez se note. Esto llegó un día mágicamente. Llevaba hablando media hora con una amiga griega y, en cierto momento, ya no pensaba primero en español lo que quería decir y luego lo aplicaba al inglés. El que pretende hablar así un idioma que no es el suyo es un mal hablante.

Hay expresiones que un traductor es incapaz de convertir correctamente. Hay algunos títulos de libros, por ejemplo: "La importancia de llamarse Ernesto" que, ni de lejos, vienen a significar lo que quería decir en su idioma original: "The importance of being Earnest" (Earnest significa Ernesto y, al mismo tiempo, honrado). De ahí el problema al doblar las series. Hay traductores bestiales que son capaces de integrar expresiones en castellano lo más parecidas a las del inglés (o del idioma que estén tratando en cada momento). Eso es increíble por lo dificultoso y demuestra que son verdaderos conocedores del idioma. 


Acabando con el post, me gustaría animar a todos aquellos que intentan hablar en inglés pero que no consiguen expresar pensamientos complejos. Ellos lo tienen todo en la punta de la lengua pero no consiguen expresarlo en inglés. Esto es, ni más ni menos, un problema de vocabulario y fluidez. Y son dos cosas que van de la mano. Uno puede tener un vocabulario enorme pero no ser capaz de unir todo lo que sabe en una frase con sentido. El caso óptimo es justo el contrario: los que intentan hablar fluidamente con el poco vocabulario que tengan. Hablar fluido es un arte. Es, como dice la metáfora del conocimiento del ser humano, un barco que se va construyendo a sí mismo conforme va surcando los mares. Si surge un problema, tiene que solucionarse a bordo. Es una mónada. Los únicos momentos en los que este barco recibe ayuda del exterior, por supuesto, son aquellos momentos en que escucha inglés, lee inglés y comprende una estructura o palabra nuevas... Sin embargo, hasta ese instante, el modo correcto de enfrentarse ante un idioma es corrigiendo el rumbo conforme se utiliza. Lo común es decir: como no sé expresarme tan bien como lo hago en español entonces me rindo y no hablo. ¡No! Lo que hay que hacer es, con lo poco o mucho que sepamos, conformar frases, por muy básicas que sean, pero que tengan sentido y estén bien formadas. ¡Así, poco a poco, y sobre esta base, podremos ir incorporando las nuevas formulaciones de pensamiento complejo que tanto deseábamos poder expresar en un primer momento y que un buen día seremos capaces de articular!

Un saludo.


Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

12 de noviembre de 2014

Mi experiencia ante la barrera lingüística




Estoy desesperado. Fijo mi mirada en un cargador colocado en la pared tras la tarima del aula gigantesca donde hemos elegido hacer el ensayo. Observo que es un cargador del iPhone, penúltimo modelo, de ese que hicieron para obligar a que la obsolescencia programada se adelantase unos cuantos años. Ahora pienso en el iPhone para evitar la desesperación que se ha instalado en mi ánimo desde hace dos horas. Paso las hojas de mi partitura y sólo veo pentagramas inconexos, notas que van y vienen, letras que no sé si he de cantar yo o si las ha de cantar el que está puesto a mi lado. Para colmo, soy el tenor del grupo más agudo de todos y el que se supone que me tiene que ayudar no me da la menor confianza, tiene un gesto desafiante y despreocupado, es de aquellos de los que a simple vista desconfías. Y sé que no es cosa mía, no, no lo es. Esta experiencia es compartida.

Entonces, cuando no sé qué hacer, simplemente me callo. Ya que no puedo seguir el orden de los acontecimientos, ni las instrucciones básicas que me dan (en turco) para cantar o para iniciar desde una parte. Pues mejor me callo, así no molesto, así no la cago. 

Esta última canción es, con diferencia, la que peor se deja interpretar. El MIDI que nos han dado no tiene sentido alguno, la partitura parece hecha con mala gana, y está reformateada de modo que las mujeres también puedan cantar, pero esta canción con todo hombres tendría suficiente. Ha habido (soy consciente del hecho, no del contenido del mismo) una serie de instrucciones en turco de las que no he sido consciente y que, seguro, han pasado por informar de qué partes de la partitura no tenemos que tener en cuenta, de qué partes hacemos cada grupo de tenores, y de qué parte compartimos con las soprano.

Cuando dicen tenor bir salivo, como el perro de Pavlov. Se me encienden todas las alarmas y entonces sé que me toca cantar, que me toca estar atento... en fin, que me toca hacer algo. Entonces miro al conductor, al director del coro, que cada día parece que tiene un humor diferente, y que cada día hace menos esfuerzo para hablar un poquito de inglés y ayudarnos a los tres que hemos quedado después de la escabechina de los primeros días (escabechina consistente en no dejar de hablar turco durante todo el ensayo). Entonces le miro, sonrío. A veces repito el chiste que he repetido mil veces y asiento, como si me hubiese enterado perfectamente de todo lo que ha dicho. No sé si el tío es consciente de que me estoy burlando de él, a mi manera, o de si cree que mis cambios de humor repentinos son propios de una persona sana mentalmente. Lo que sé es que si no le echo humor al asunto, me vuelvo un tío desesperado.

Hoy ha sido la desesperación total: ¡no me he enterado de nada! Y me imagino a los jóvenes con este mismo problema, pero en inglés. Y resulta que cuando quiero decir que no entiendo algo en inglés, el idioma se me queda muy corto, mi base lingüística inglesa no incluye términos específicos en inglés sobre música y por eso, para decir que no encuentro ni aunque vengan degollando la melodía general de la canción y para decir que los midis que nos han dado son una puta mierda, decido mentir e inventarme la excusa de que "I can't follow the tempo properly". 

No hay ni un gesto de conmiseración. No hay un solo intento por parte del conductor de hoy (un señor gigante, de mi edad probablemente, que pesa como tres veces lo que yo) por hablar inglés. O no le sale, o no quiere, no lo ve necesario. Yo en su situación me sentiría parecido: oye, tú has venido a mi coro, aquí hablamos turco, ¡pues aprende turco! Y eso hago, aprendo turco, pero el turco que pueda aprender en cuatro meses no es ni de lejos el necesario para seguir tus explicaciones, lo que temo es que, para el momento en que pueda entender la mitad de lo que dices, ya sea hora de volverme a mi país. ¡Y el inglés no es mi idioma materno! Así que no puedes verme como el conquistador que muchos de vosotros, turcos, pensáis que somos los españoles o los europeos en general. Para vosotros, somos occidente. Todos entramos en el mismo paquete, al igual que los turcos, desde España, entran en el mismo paquete que los sirios, libaneses y egipcios...

Soy el sospechoso. Tengo una cara muy turca, me lo dicen siempre. Por eso es extraño mirarme, porque miro a la turca, pero respondo a la del imbécil que no se entera de qué va la película. Hoy he sido capaz de comunicar un sentimiento complejo al propietario del establecimiento donde vamos a cenar habitualmente, le he dado un billete de cien liras porque no tenía uno menor y le he dicho "affedersiniz", disculpa. Siento no haberte dado un billete más pequeño. Y así me gustaría comunicar mi sentimiento complejo, mi barrera lingüística, una barrera hasta humana. ¡Es el peor sentimiento del mundo! Y aunque esto es una tontería, aunque sé que lo del coro es un capricho de estudiante ocioso, a mí me duele como si me encontrase en medio del desierto viendo pasar camiones con agua y siendo incapaz de pedir una poca.

Me agota el coro. Es un esfuerzo mental constante. Tanto es así que opto por no prestar atención y atender sólo cuando parece que hablan de mí. Hoy ni siquiera ha ocurrido eso. Hoy he pedido expresamente al conductor que avisase en inglés de las partes que íbamos a cantar y del grupo de tenores que tenía que cantar cada parte (porque las practicamos habitualmente por separado) y nada, ni caso.

Vuelvo a lo de la empatía. El único empático conmigo es el alemán del coro, un alemán de Berlín muy simpático. Tiene ese sexto sentido: siente cuándo los demás están mal, cuándo se sienten fuera de lugar. Es el único que entiende cómo estoy, cómo me siento cuando los idiomas van y vienen. Él no sabe más idiomas que yo, de hecho está en mi misma situación, pero como tenor es más grave que yo y está en el grupo 2, un grupo donde siempre hay gente dispuesta a ayudar. Y me dice: sé que este chico (el otro del grupo 1, que sabe más de su parte que ningún otro) puede parecer poco amistoso a primera vista, pero luego es simpático. ¡Ha definido perfectamente mi sentimiento hacia el turco, un sentimiento de rechazo inconsciente hacia esa gestualidad impasible y ajena a mi malestar! El único, él, el alemán, el que no sabe turco pero que intenta integrarse, que lo tiene más fácil que yo, que tolera mejor la frustración. Yo ya no me trago lo que siento y así se lo hago saber: no me entero de nada, amigo, esto es una pesadilla. Antes venía aquí y deseaba que no se pasasen nunca las tres horas de ensayo, ahora no puedo esperar a que termine. Y no me vale con que el alemán sea el que sabe cómo me siento, porque él es el que, desde luego, tiene la menor de las culpas. También hay otra de Estados Unidos, que sí que lo tiene bien jodido, porque ni siquiera está dando clases de turco... pero, así y todo, ella sólo tiene que seguir una línea vocal, y tiene como diez cantantes que interpretan lo mismo que ella. Con un buen oído ya es suficiente y las mujeres suelen prestarse más ayuda entre ellas, en Turquía, en China o en Vallecas. 

Me agota pero al mismo tiempo me gusta. Me da alguna que otra satisfacción ver que todo acaba saliendo bien. Me molestan las pausas tan largas sin cantar, me molesta esperar a que los demás practiquen su parte. En general sé que tengo la mentalidad de solista y que probablemente nunca me la lleguen a quitar: me gusta tener todo el peso de una melodía, de una letra, no tener que pensar en pentagramas porque tienes la música ya integrada en tu memoria... y eso aquí es imposible.

Llevo quejándome de esto desde hace ya varios ensayos pero quiero aguantar porque sé que, a la postre, va a merecer la pena. Pero el mal rato que llevo encima no me lo quita nadie.

En Estambul, Turquía.

5 de noviembre de 2014

Buscar la oportunidad de aprender idiomas




Yo hubiese estudiado más alemán, francés y, sobre todo, italiano, antes de venirme de Erasmus. Hay muchas oportunidades de hablar estos idiomas y probablemente en pocas ocasiones vitales como estas se me de la oportunidad de poder hacerlo diariamente y casi cada hora. Este es el entorno perfecto para, con una base más o menos sólida (unos cuantos miles de palabras), mejorar cualquier idioma. Y sólo tengo un nivel medio en inglés y en italiano. En italiano he aprendido estructuras nuevas, palabras de jerga juvenil y formaciones de los subjuntivos, cosa de la que adolecía por mis cursos en la escuela oficial de idiomas. En inglés... creo que ahora mismo soy capaz de entender el 90% de lo que cualquier persona dice en inglés, siempre y cuando no sea una jerga muy concreta o un acento cerrado (he descubierto que, aunque pareciese al revés, hay estadounidenses con un acento cerradísimo, que no hacen ni el mínimo intento de hacerse entender por el resto que no hemos nacido en su país). También estructuras y, sobre todo, linkers. Con estructuras me refiero a formas de plasmar pensamientos complejos. Se comienza siempre al revés que el español. Tengo un profesor estadounidense que habla perfectamente ese idioma y es muy fácil seguirle. Eso sí, lo habla rapidísimo. Pero es su inglés tan nítido, variado, fresco (siempre salpica sus explicaciones con anécdotas referidas al tema) y real que es un gusto escucharle. Asistiendo cada semana a sus clases ya tengo suficiente "listening" para preparar mi próximo título en inglés, el Advanced Certificate (ese creo que llegará el año que viene).

Pero claro, todo se aprovecharía más con una base sólida en esos idiomas (me refiero al alemán y al italiano). Hay varias cosas en este mundo que nunca están de más, que siempre acumulan y nunca restan, que siempre tienden a mejorar y en las que apenas hay regreso. Una de ellas son los idiomas. Por mucho tiempo que dejes aparcado un idioma, al volver a él siempre te sonará todo, y si vas al lugar donde se habla o decides entablar conversación con un nativo, acabarás por recuperar tu nivel previo y, una vez hecho, sólo podrás ir a más. En los idiomas no hay que temer olvidar palabras pues estas se pueden recuperar fácilmente. Lo que hay que temer es dejar de pasar oportunidades para practicarlos y, por tanto, acabar mejorando nuestras propias habilidades.

Si tuviese 10 años menos me gustaría comenzar a aprender bien, por ejemplo, el alemán. Pero por mi cuenta, ya que he descubierto que los profesores son muchas veces obstáculos para ser bueno en un idioma. Uno se acaba acostumbrando a ir a clase, a rellenar un libro... y al final esas horas de clase son las únicas que uno dedica al idioma en cuestión, mientras que el resto de la semana vive en un entorno repleto de castellano. ¿Por qué no nos íbamos a acomodar también en este sentido? ¿No hay gente que se apunta a un gimnasio para usar la máquina de correr y luego va a su trabajo en coche? Lo mismo ocurre con los idiomas: hay que hacer de ellos una forma de vida y buscar las oportunidades de utilizarlos.

Después de este Erasmus sé lo que más echaré de menos: tener la posibilidad de hablar muchísimos idiomas sin apenas salir de un aula o de, por ejemplo, un ensayo de mi coro.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

16 de octubre de 2014

Pensando en otro idioma



El inglés sigue mejorando. Si paso días con gente que no se puede comunicar conmigo salvo en ese idioma entonces comienzo a asimilarlo mejor. Me ha ocurrido algo que indica que un idioma está más o menos interiorizado: he pensado directamente en inglés. No es que haya pensado en inglés para hablar luego con alguien sino que directamente, por una mayor familiaridad de la estructura del idioma y por tratarse de pensamientos no muy complejos, encontraba en el inglés mayor facilidad para llevar el hilo de mis pensamientos. Me he sorprendido a mí mismo así.

No es algo premeditado, porque lo premeditado en los idiomas suele salir mal. Es como conducir premeditadamente, llega un momento en que hay tantas acciones que realizar al mismo tiempo que como no llegues a mecanizar las más básicas estás condenado a sufrir un accidente. Lo mismo, creo, ocurre con los idiomas. Un buen día pasas directamente a pensar en otro idioma involuntariamente porque has vivido en un ambiente en que no se ha utilizado en ningún momento tu lengua materna.

Luego, poquito a poco, vuelves a sentirte más cómodo con el castellano y pasas directamente a él.
No hay trucos, el único truco (por llamarlo de alguna manera) es tener una base fuerte en ese idioma en el que intentas pensar y, por supuesto, hablarlo y escucharlo constantemente. Lo ideal es que ese idioma te sirva para algo: para estudiar, para ligar, para conseguir un trabajo o para hacer amigos. Hay gente que se toma los idiomas como fines y no como medios, y es aquí cuando llega el problema: aprendemos inglés no para ser capaces de abrirnos al mundo sino para rellenar nuestro currículum y así tener más éxito en una empresa española.

Por supuesto, hablar inglés hoy en día es básico. Si hay otros idiomas básicos yo diría que son el español, el chino y el árabe. Sabiendo estos cuatro idiomas puedes comunicarte fácilmente con la mitad del planeta tierra, y con moderado éxito con la otra mitad.

Así que, ¡a aprender idiomas!

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.