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18 de noviembre de 2014

Me gusta conducir (pero no tu mierda de híbrido)



Me gusta conducir, ¿qué le voy a hacer? Me gusta gastar gasolina, oír el rugido del motor. Si tuviese la oportunidad sería un petrolhead. Viviría en mi coche el mayor tiempo posible, lo tendría todo tan bien montado dentro que el resto del mundo sería visto como una amenaza. Me gusta conducir y, además, me gusta hacerlo del todo. Cuantas menos ayudas a la conducción, mejor. Por supuesto, el cambio de marchas manual, seis velocidades. Y mi coche un coupé, de estética deportiva, porque los coches tienen que enamorar, para eso están hechos. 

¿Cómo que para eso están hechos? Para mí, así te lo digo, un coche es algo más que un medio de transporte. Es un producto cultural que tiene mucho más sentido que el de transportar. Es un efecto de una sociedad en la que prima el individualismo, por supuesto. O de una sociedad en la que la preocupación por el medio ambiente está bastante lejos de suceder. 

Habiendo comenzado así este post, toda persona con un mínimo de sensibilidad ecológica pensará que soy un gilipollas. Seguro que tienen algo de razón. De unos años a esta parte los coches se han ido suavizando, se han hecho más silenciosos, más fáciles de conducir, más confortables pero, al mismo tiempo, más automáticos y vacíos de sensaciones. Los coches actuales no transmiten sensaciones y, si lo hacen, son siempre las mismas. Las posibilidades de regulación o de personalización tienen que ver más con el tapizado de los asientos que con las motorizaciones. Y, si estas son poco contaminantes, verdes y silenciosas, mejor para todos. Ya no se disfrutan los coches. La conducción se ha convertido en un mal menor que, en cuanto se pueda, las empresas tratarán de ahorrarnos. Ya hay coches que conducen solos, ¿qué sentido tiene? No tener que hacer nada. Pero hay algo en el ser humano que le impele a hacer cosas, que le mueve a ser él el artífice de su propio transporte, y no delegarlo a los demás.

Entonces aquí descubro un pequeño cortocircuito en mi pensamiento. Siempre hablo de cómo la tecnología está acabando con los románticos de, por ejemplo, los libros impresos. Pues bien, en mi caso, como enamorado de los coches potentes y derrochadores, veo esta moda de los vehículos híbridos o de pilas de hidrógeno como algo que va a hacer perder la gracia a conducir. La gracia, este término tan religioso. La gracia es propia de la divinidad, nos la concede como regalo para seguir adelante con nuestras vidas. Pues bien, perder la gracia tiene mucho que ver con perder esta forma de ritualizar nuestra existencia. La desacralización también se carga nuestros valores más arraigados, y también se carga la diversión.

No será divertido conducir. Tendremos vehículos que gasten muy poco, que simulen el ruido de un motor inexistente, que tengan formas cada vez más cuadradas y que lo tengan muy difícil para derrapar en el caso de así quererlo el conductor. Si deja de ser divertido conducir entonces solo permanecerá la función de transporte. Como digo, quizá esto sea igual que los libros. Los libros no solo buscaban transmitir conocimiento sino que se habían convertido en un objeto de culto por sí mismos. Quizá lo mismo esté ocurriendo ahora con los coches. La tecnología llega y desdibuja el romance, la poesía y la despreocupación. Las leyes, los ecologistas, el sentido del utilitarismo, nos conducen a un mundo cada vez más soso y sin alicientes.

...

Soy consciente de ambas partes del debate. Ambas esgrimen razones de diferente categoría. Creo que los ecologistas tienen las de ganar. Los petrolheads se basan en su propio derecho a disfrutar de un motor que consume una barbaridad. Sólo los petrolheads son perjudiciales para el resto de la sociedad y el planeta. ¿Habría que prohibir los coches de gasolina y permitir los eléctricos? ¿El argumento del ecologismo tiene rival? 

Pero yo no juzgo ni hago o deshago leyes. Eso se lo dejo al que crea estar preparado. 
Sólo abro el debate.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.