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22 de diciembre de 2014

Una lotería irracional e inmoral



En cualquier país que ha hecho el bachillerato tendría que prohibirse o, al menos, regularse de alguna manera (críticamente) este tipo de fenómenos.
Para estos pequeños comentarios de hoy he seguido un vídeo de Gustavo Bueno tratando este mismo asunto, es muy esclarecedor y me gustaría que le echaseis un vistazo, todo lo que diga yo aquí es comentario a pie de página de él.

Pero España es diferente, en todo y en esto también. Y estaría bien tener costumbres que nos diferenciaran como pueblo si tuviesen algún sentido, si tuviesen algún valor a pesar de ser profundamente irracionales... sin embargo la lotería es profundamente estúpida e inmoral. Inmoral porque acostumbra a ilusionar sin basarse en ninguna actividad provechosa, ni siquiera es hospitalaria con las teorías del elogio de la pereza: ¿cómo se puede conquistar la pereza participando en un concurso improbable de ganar? No es un buen proyecto de vida. Nadie serio juega a la lotería todos los años y luego le queda la poca cara de dar lecciones a los demás sobre cómo manejar su dinero... nadie salvo los españoles. Los españoles ya han hecho de este juego el opio del pueblo, como dice Gustavo, es el opio que alimenta una esperanza vana, vana por no estar sujeta a ninguna teoría ni práctica posibles (racionales). No tendría tampoco que ser aceptada por los liberales, simplemente es un juego que se legitima socialmente por la costumbre que en este país se ha creado. Ha pasado a conformarse toda una estructura cultural alrededor de ella. Y no sólo hablo de la cancioncita o el vídeo lacrimóngeno sino de esas apuestas por internet, esos comentarios rallanos en lo pseudomágico que asocian a los números una belleza que no tienen (al menos no esa belleza que veían los pitagóricos...),etc. La numerología vuelve a hacer presencia y todos aquellos que se quejan de que no haya habitaciones en el piso trece de los hospitales u hoteles, o de que la plaza decimotercera del avión esté suprimida, todo por que la creencia irracional de la mayoría de los pasajeros es capaz de modificar actitudes, leyes y normas que nada tienen que ver con ella. Y yo me pregunto: ¿qué clase de legitimidad tiene un país que modifica, por una vez al año -sin contar las otras cientas en que lo hace con otro tipo de cosas- su discurso del emprendimiento, de la jodienda de la excelencia y del trabaja mucho que después vendrán los beneficios y saldremos de la crisis? Bien, lo cierto es que ninguna, y si se es de una forma frente al discurso económico los gobernantes toman el fenómeno de la lotería tal y como lo que es: un sacacuartos, el impuesto de los tontos... y se aprovechan de ello aplicando impuestos, de tal suerte que crean a la población una actividad anual que a la vez que reparte riqueza entre dos gatos contados se recupera un buen pellizco a través de Hacienda.

Y esto supone una de las tradiciones más arraigadas de España. Y esta es una tradición laica. Todo lo que rodea a esta tradición da pena, horror y ha de ser criticado. El juego está bien, es lícito, es moralmente aceptable si no pasa al terreno de lo público. Pero cuando este juego deja de ser juego (por mucho que alguien se invente que elige números por según qué fecha importante, etc... ¡esa decisión no tiene ninguna motivación racional!) y pasa a ser parte de las fiestas de Navidad... entonces sí que tenemos derecho a criticar.

Y criticamos todas las actitudes que nos parecen mal. Y las criticamos desde nuestras pequeñas bases teóricas. Y no, el fenómeno de la lotería no hay por dónde cogerlo desde una perspectiva de clase. Ya está bien de querer estudiar fenómenos atmosféricos aplicando las reglas gramaticales del ruso.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

29 de noviembre de 2014

Acción de gracias




Escuché una conferencia (que yo las escucho, no asisto a ellas, a través de la Fundación Juan March) hace varios años donde una mujer, ya famosa escritora, decía que había podido vivir toda su vida como una princesa gracias a haber estudiado, escrito y leído.

Efectivamente, eso es para mí vivir como un príncipe: escribir y leer. Tener todo el tiempo del mundo para estas dos actividades hace que el esfuerzo que haya que realizar para aprobar los exámenes sea un precio muy bajo a pagar. Que me paguen por estudiar filosofía, es decir, que me den una beca por hacer lo que más me gusta en el mundo, es como vivir en un sueño. Además, poder hacerlo fuera de la misma ciudad en la que había vivido durante 15 años es un lujo extra. Por no hablar de este año entero, que recién está comenzando, que voy a pasar en una de las ciudades más exóticas, llenas de historia y de gente magnífica como es Estambul. Este tipo de cosas, hace siglos, sólo estaban al alcance de príncipes, de aristócratas, de gente con mucho dinero, o gente con la firme convicción de que después se meterían a rezar a dios para poder estudiar todo lo que les diese la gana, bajo la obligatoriedad de no poder casarse, no poder ser libres, etc.

Pero que hoy, en el siglo XXI, una parte de la población podamos disfrutar de esto(si queremos), es un milagro que no ha sucedido porque sí sino por todas las revoluciones, manifestaciones y críticas a lo largo y ancho del planeta por gente más o menos realista que, sonase utópico o no, querían que cualquier persona, fuera cual fuese su condición económica, pudiese acceder a lo máximo en el mundo civil. Y aquí estamos, en mi caso se ha hecho realidad y aunque tener una carrera, o dos, o un idioma, dos, o tres (como es mi caso por el momento) no implica que se vaya a conseguir un trabajo asegurado, sí que es algo que en otros lugares del mundo, como Estados Unidos, no puede ocurrir gratuitamente. Que toda una sociedad como es la española haya estado financiando esta educación, que un organismo europeo, como es el que controla y gestiona las becas Erasmus, haya permitido que tanto yo como decenas de miles de otros jóvenes a lo largo y ancho de Europa sean capaces de pasar meses disfrutando y aportando a otras culturas y países, es algo indudablemente beneficioso tanto para ellos como para los demás.

Por tanto esto no es cosa de magia, ni un milagro como he dicho al principio del párrafo anterior. Es cosa de esfuerzos, muertes, sangre y violencia en el sentido apropiado. Porque, no lo olvidemos, que todo el mundo pueda acceder a esta educación ha producido no pocos sudores en aristócratas convencidos de que eran mejores que los demás. Porque también hoy hay gente que cree que hay que tener un mérito enorme, ser el mejor en lo que uno se proponga, para poder recibir una beca de este estilo (de las que permiten vivir dedicado al estudio). No, soy de los que piensan que no hay que competir por ser el mejor. Que yo lo haya hecho en determinados momentos no implica que eso tenga que aplicarse en el resto de los casos. Si todos intentan ser los mejores en lo que hacen entonces estamos impidiéndoles realizarse en otros ámbitos de la vida porque, no lo olvidemos, tampoco todo va a ser estudiar (también habrá que f... -parafraseando a Krahe). 

Darse las gracias a uno mismo es bastante risible y miserable. Uno mismo tiene para consigo un deber relativo. Soy de los que piensan que no es moralmente reprochable el suicidio puesto que nadie es nadie para decir si uno tiene que seguir sufriendo o no, por muchas teorías psicológicas que mantengan que a veces es mejor esperar y que, desde luego, el tiempo lo arregla todo. Así que si ni siquiera para con nosotros mismos tenemos el deber de mantenernos vivos, ¿qué menor será el deber de estudiar para ser más sabios? El inteligente puede que decida que el trabajo físico va más con su personalidad, con sus intereses, y habrá que determinar que así sea. El vago redomado hoy es más necesario que nunca para que, al menos, sirva como ejemplo de cómo no ser. Y no voy a ser yo el que haga una nueva apología de la pereza. Soy de los que piensan que la pereza es cada vez más necesaria, es hospitalaria con un pensamiento del decrecimiento, o del crecimiento moderado... compatible con una economía más preocupada por la sociedad que por los voraces mercados y mercachifles que los mantienen.

Por eso las gracias tienen que ser, siempre, a los demás. Los demás son los que nos mantienen así, los que permiten que comamos, que tengamos la educación que poseemos, los que pagan impuestos y nos dejan estudiar tranquilamente, esperando o no que un buen día demos eso de vuelta. 

Hay gente que desconfía de los que estudiamos humanidades. Es normal ya que ahora el pensamiento es contrario a las carreras que no crean seres productivos ni productores de material o de capital. Hay otros que dicen que creamos capital humano, ¡qué binomio más feo! Pero no, ni siquiera eso. Yo no pretendo crear ningún tipo de capital, de consumible, con mis futuros pensamientos sobre la parte de la filosofía en la que estoy más interesado (Filosofía de la Ciencia). Pretendo dar luz sobre los asuntos, o ser un historiador de una de las realidades más sobresalientes de la humanidad, una de sus más grandes y efectivas construcciones.

Y por ser capaz de hablar de ello, por ver en el futuro una mínima (o máxima, quién sabe) posibilidad de ser profesor y de cumplir mi sueño y seguir leyendo, escribiendo y enseñando (que es mi tercera pasión), doy gracias hoy a todos los que las quieran recibir.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

25 de noviembre de 2014

"La sonrisa etrusca", una carta de amor de José Luis Sampedro



En este blog suelo hablar siempre de filosofía y de política. Dentro de la palabra Filosofía encontramos la raíz griega filos- que significa no sólo amor sino también tendencia hacia algo, interés, cuidado... Me parece que definir a la Filosofía como el amor por la sabiduría es injusto porque ella es mucho más. Pero hoy no quiero meterme en esas piruetas semánticas y etimológicas.

Aquí hablamos mucho de lo que pensamos que es sabiduría, pero nunca de ese amor. Ese amor por lo que uno hace, por lo que uno se ve motivado a seguir viviendo. Todos, hasta los más teóricos, tenemos un poco o un mucho de esta materia invisible que ha movido el mundo y que lo seguirá moviendo. A Fukuyama podríamos contestarle con esta frase a su célebre sentencia que daba por terminada la historia: mientras haya amor, mientras haya afectos entre los seres humanos, seguirá funcionando la historia. 

Pero sin pretender explicar el amor de una manera vergonzosamente pueril, como así ocurre en películas como Interstellar ("el amor es la quinta dimensión"), quiero detenerme en un amor más particular, más humano, sin más pretensiones.

El libro de Sampedro que he tenido la oportunidad de leer me lo presentó una de las últimas novedades de Amazon: Kindle Unlimited. Estaba buscando algún libro cortito que estuviese escrito por un español al que nunca había leído y surgieron dos nombres: Goytisolo y Sampedro. Comencé con el primero pero no llegué a terminarlo (Estambul otomano), sin embargo con Sampedro inicié la lectura y estuve enganchado hasta el final.

Pero acontece que no es un libro al que estar enganchado por una trama que atrapa. Desde el primer momento uno sabe qué le va a ocurrir al protagonista, un anciano italiano que combatió en el bando anarquista en la época de la SGM y a quien, tras haberle sido diagnosticado un cáncer, sus hijos deciden sacarle del pueblo para que pase sus últimos meses de vida en su casa de Milán. 

Es aquí donde el protagonista de la historia descubre la dulzura de la vida, especialmente a través de su nieto Bruno. La transformación que opera este anciano, Salvatore Roncone, tras conocer a su nieto, es más que notoria. De repente llegan a su vida dos o tres situaciones que trastocan por entero su sistema moral, su sistema afectivo. Pasa de ser un viejo gruñón e insensible, no maleducado sino falto de educación... a crear unos soliloquios en la compañía de su nieto de un año, durante las noches, mientras la "Rusca" le ataca poco a poco las fuerzas. Estos soliloquios, auténticos monólogos interiores al estilo de Delibes (se nota que Sampedro tenía interés por los literatos de su propio país), eran cartas de amor intergeneracional, dirigidas a su nieto que aún era incapaz de comprenderlas. Para él, para el viejo, esos momentos nocturnos donde hablaba a través de sus pensamientos a su nieto dormido, eran sanadores, eran vivificadores, hacían de su estado una cuenta atrás con sentido.

Ese sentido es el Ivan Ilich no supo encontrar hasta que llegó su último minuto de vida. La existencia del personaje de Tolstoi había sido tan penosa e inauténtica que tuvo que sentir el dolor para darse cuenta de ella. El personaje de Sampedro, sin embargo, pasa por la misma situación pero con un espíritu y ánimos distintos.

Es el amor, en este sentido, un buen fármaco, un buen efecto placebo. 

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.


18 de noviembre de 2014

Me gusta conducir (pero no tu mierda de híbrido)



Me gusta conducir, ¿qué le voy a hacer? Me gusta gastar gasolina, oír el rugido del motor. Si tuviese la oportunidad sería un petrolhead. Viviría en mi coche el mayor tiempo posible, lo tendría todo tan bien montado dentro que el resto del mundo sería visto como una amenaza. Me gusta conducir y, además, me gusta hacerlo del todo. Cuantas menos ayudas a la conducción, mejor. Por supuesto, el cambio de marchas manual, seis velocidades. Y mi coche un coupé, de estética deportiva, porque los coches tienen que enamorar, para eso están hechos. 

¿Cómo que para eso están hechos? Para mí, así te lo digo, un coche es algo más que un medio de transporte. Es un producto cultural que tiene mucho más sentido que el de transportar. Es un efecto de una sociedad en la que prima el individualismo, por supuesto. O de una sociedad en la que la preocupación por el medio ambiente está bastante lejos de suceder. 

Habiendo comenzado así este post, toda persona con un mínimo de sensibilidad ecológica pensará que soy un gilipollas. Seguro que tienen algo de razón. De unos años a esta parte los coches se han ido suavizando, se han hecho más silenciosos, más fáciles de conducir, más confortables pero, al mismo tiempo, más automáticos y vacíos de sensaciones. Los coches actuales no transmiten sensaciones y, si lo hacen, son siempre las mismas. Las posibilidades de regulación o de personalización tienen que ver más con el tapizado de los asientos que con las motorizaciones. Y, si estas son poco contaminantes, verdes y silenciosas, mejor para todos. Ya no se disfrutan los coches. La conducción se ha convertido en un mal menor que, en cuanto se pueda, las empresas tratarán de ahorrarnos. Ya hay coches que conducen solos, ¿qué sentido tiene? No tener que hacer nada. Pero hay algo en el ser humano que le impele a hacer cosas, que le mueve a ser él el artífice de su propio transporte, y no delegarlo a los demás.

Entonces aquí descubro un pequeño cortocircuito en mi pensamiento. Siempre hablo de cómo la tecnología está acabando con los románticos de, por ejemplo, los libros impresos. Pues bien, en mi caso, como enamorado de los coches potentes y derrochadores, veo esta moda de los vehículos híbridos o de pilas de hidrógeno como algo que va a hacer perder la gracia a conducir. La gracia, este término tan religioso. La gracia es propia de la divinidad, nos la concede como regalo para seguir adelante con nuestras vidas. Pues bien, perder la gracia tiene mucho que ver con perder esta forma de ritualizar nuestra existencia. La desacralización también se carga nuestros valores más arraigados, y también se carga la diversión.

No será divertido conducir. Tendremos vehículos que gasten muy poco, que simulen el ruido de un motor inexistente, que tengan formas cada vez más cuadradas y que lo tengan muy difícil para derrapar en el caso de así quererlo el conductor. Si deja de ser divertido conducir entonces solo permanecerá la función de transporte. Como digo, quizá esto sea igual que los libros. Los libros no solo buscaban transmitir conocimiento sino que se habían convertido en un objeto de culto por sí mismos. Quizá lo mismo esté ocurriendo ahora con los coches. La tecnología llega y desdibuja el romance, la poesía y la despreocupación. Las leyes, los ecologistas, el sentido del utilitarismo, nos conducen a un mundo cada vez más soso y sin alicientes.

...

Soy consciente de ambas partes del debate. Ambas esgrimen razones de diferente categoría. Creo que los ecologistas tienen las de ganar. Los petrolheads se basan en su propio derecho a disfrutar de un motor que consume una barbaridad. Sólo los petrolheads son perjudiciales para el resto de la sociedad y el planeta. ¿Habría que prohibir los coches de gasolina y permitir los eléctricos? ¿El argumento del ecologismo tiene rival? 

Pero yo no juzgo ni hago o deshago leyes. Eso se lo dejo al que crea estar preparado. 
Sólo abro el debate.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

17 de noviembre de 2014

Sampedro al final de la senda



Leyendo a Sampedro. Es de aquellos hombres que uno conoce antes por su fama que por su obra concreta. En mi caso, las primeras veces que escuché hablar de él fue tras el 15-M, cuando escribió el prólogo a uno de los libros "clave", ¡Indignaos! No me he leído ese libro ni su prólogo pero sí que vi algún vídeo de él hablando o escuché las conferencias que la Fundación Juan March graba y pone gratuitamente a disposición de todo el que quiera escucharlas. 

En esta conferencia hablaba sobre su vida, su proyecto intelectual y sus inquietudes en general. Estaba ayudado por su mujer, bastante más joven que él, y adolecía de una sordera bastante normal para la edad que tenía. Era Sampedro el vivo ejemplo de cómo una persona puede tener de todo sin ser millonaria: una buena salud (dentro de lo que cabe), vitalidad, interés por el presente y cosas interesantes que contar. Además, transmitía una honradez y una comunión con su entorno (aunque este no fuese el más apropiado) que nos hacía pensar que, de haber todavía sabios en la tierra, él sería uno de ellos.

No sé cómo se llega a ser sabio o, como le gusta ahora decir a la gente, un gurú. A mí la palabra "gurú" me da la nada agradable sensación de estar refiriéndome a un adivino. No, Sampedro no era un adivino. Era una persona interesada por el siglo que le había tocado vivir y por los siglos venideros. El libro que estoy leyendo, "La sonrisa etrusca", cuyo título no tiene nada que ver con su contenido, trata sobre el último año de vida de un abuelo que, de golpe y porrazo, descubre que su nieto es lo más maravilloso que le ha podido suceder. A lo largo de esta historia no sólo se repasa la vida de este viejo italiano sino que se van conformando en él nuevos sentimientos, nuevas visiones de la realidad. Por eso, cuando se dice que las ínfulas revolucionarias van desapareciendo conforme uno se hace mayor y ve la realidad, se está diciendo una tontería. La descripción del presente siempre es lo más pesimista u optimista que uno quiera, y hacerse mayor no puede sino ser una razón más para apoyar una u otra visión. ¿Qué hace pensar a todos los creyentes que los ateos, ante la muerte, comenzaremos a creer en dios? Primo Levi lo decía: él no creía en dios y, aun así, le metieron en el campo de concentración por judío. Decía que en los momentos de mayor angustia sentía un impulso por rezar, pero tan pronto como pensaba en hacerlo se veía a sí mismo ridículo y falso: ¿hasta este punto el campo me ha trastornado que, de repente, comienzo a creer en una idea inexistente sólo para mi consuelo? Y dijo: menos mal que no lo hice puesto que, de otra manera, me hubiese avergonzando al salir. 

Y así es como los mayores que, por conformidad, por comodidad o por pereza deciden dejar de pensar críticamente, deciden acomodarse y vivir de lo que ha rentado su esfuerzo diario durante toda la vida. Pues bien, esta actitud es vergonzante.

Sampedro es un ejemplo de cómo una persona puede vivir plena y largamente sin olvidar los problemas de su presente aunque la comodidad de un hogar y de unas rentas aseguradas puedan empujar hacia el otro lado.

En Estambul, Turquía.

31 de diciembre de 2013

No publiques, por favor.




Pospón la publicación.
Haz un bien a la humanidad y no llenes Internet o las librerías de más mierda poco trabajada. Ya hay suficiente.
Que no te pueda el ansia de la fama, o de ganar dinero temprano, pues aunque consigas una de ambas con suerte no te caerá una etiqueta de por vida (y de por "eternidad"), a saber, la de inepto impulsivo.
No publiques, aunque Amazon te lo ponga tan fácil.
Imagino la autoedición y la publicación como si, de repente, las fábricas se abriesen a nosotros, aun no siendo ingenieros de producto ni mecánicos: ¡producid lo que queráis, yo os doy las herramientas y la infraestructura, que me salen gratis!
Saldrá basura, productos que durarán cinco días, que no atenderán más demanda que la demanda del egocentrismo creador. Hay basura publicada que sólo alimenta a familiares y amigos, que no tiene interés público, que es una mero vómito de fórmulas mil veces repetidas y, además, reescritas al estilo microondas: recalentadas.

Ya hubiese publicado varios libros. Esto más que presunción es una llamada de atención a todo el que lea esto, una intuición vital. He tenido la posibilidad de publicar varias veces. Desde que inició el mundo de los e-books e incluso antes, en algunas ocasiones que se me presentaron. Pero cuando uno da su nombre, cuando en Internet no hay derecho al olvido, cuando cualquier documento llamará a la puerta tarde o temprano, en la indigencia o en el éxito de la crítica y de la aceptación del público (o de las masas)... entonces uno se vuelve más precavido y decide guardarse sus cartas para ver si puede surgir, con el tiempo y la espera voluntaria, una combinación mejor.

¡Escalera de color!

Os dejo con Diderot, una buena medicina para curarnos de gurús, blogeros y creadores de opinión que no se paran a pensar que la exaltación de las posibilidades de la tecnología lleva consigo el empobrecimiento del producto cultural, su banalización y su posterior tratamiento industrial: recicle después de usar.

"La crítica trata de distinto modo a los vivos y a los muertos. ¿Ha muerto un autor? Se ocupa de realzar sus cualidades y paliar sus defectos. ¿Está vivo? Es lo contrario. Son los defectos los que señala y las cualidades las que olvida [el crítico], y en eso lleva razón: se puede corregir a los vivos mientras que los muertos no tienen remedio.
Sin embargo, el censor más severo de una obra es el propio autor. ¡Cuántas fatigas se da a sí mismo! Él conoce el vicio oculto y el crítico casi nunca pone ahí el dedo. Esto me recuerda a menudo el dicho de un filósofo [Epícteto]: «¿Hablan mal de mí? ¡Ah, si me conocieran como me conozco yo!» . 
Los autores y críticos antiguos empezaban instruyéndose, y no entraban en la carrera literaria hasta salir de las escuelas de filosofía. ¡Cuánto tiempo había guardado el autor su obra antes de exponerla al público! De ahí esa corrección que sólo puede ser hija de los consejos, la lima y el tiempo.
Nos apresuramos en presentarnos al público y tal vez no éramos ni lo bastante ilustrados ni lo bastante hombres de bien cuando tomamos la pluma".
Denis Diderot, en "De la poesía dramática".

Un saludo.

En Logroño, 31 de diciembre de 2013.



10 de agosto de 2013

La voz gitana



Pienso que las voces no tendrían que ser comercializables. Entiendo que hoy en día todo es mercancía en manos del capital pero me inquieta profunda y personalmente que se apropien de esta herramienta los que no entienden su singularidad y su capacidad expresiva.

...

Por lo general a la gente no le gustan los gitanos. En España hay un odio enfermizo hacia ellos que ha pasado a cristalizar en expresiones como "eres más ladrón que un gitano", "lávate, que pareces un gitano"... Los gitanos tienen la fama que no se merecen pues como etnia tienen, a mi parecer, más valor y mérito que cualquier otra. El modo de vida nómada, el pasotismo de la ley y de la civilización, el comercio de lo que les apetece y donde y cuando les apetece, el total desapego a la sociedad en que están inmersos. Si alguien busca contracultura que no escarbe mucho porque ahí tiene a los gitanos (no pretendo generalizar).

Son los gitanos los que, con una guitarra en mano y una voz afinada tras años de cantar (con más improvisación que conocimeinto de causa), crearon el flamenco. El flamenco es el estilo de música español más apasionado que conozco. Podría decir que sólo merece la pena escuchar música española si es flamenca. No se venden, hacen música desde su propia vivencia y para ellos mismos y su fiel público. En ocasiones los lamentos que expresan son viscerales y hacen llorar al espectador. Si creyese en el alma diría que la ponen en todo lo que hacen. 

Camarón, en la frontera entre su vida y la muerte, cantaba o, más bien, exhortaba a los elementos que para qué quería tanto dinero si no podía disfrutar de una buena salud. Me pregunto qué otro cantante habría dedicado su último concierto a expresarse de esa forma tan emocional y desgarradora, consciente de un final ya inevitable.

Yo me creo a un gitano. Yo me fío de este gitano y de todo el resto de gitanos. Los gitanos no mienten al cantar. Ningún payo ha conseguido emocionarme al nivel de un gitano.

Este es el poder de la voz.

...

La voz tiene muchas cualidades. Entre ellas está la de ser un instrumento que expresa ideas de una manera más clara que cualquier otro (piano, guitarra...). Todo instrumento tiene sus propias estrategias de comunicación pero la voz, por ser nuestro esencial (ya de serie) medio de comunicación tiene un papel predominante. Supongo que nadie se ha preguntado por qué en vez de "La Voz" no hacen un programa en prime time llamado "La mandolina". 

A pesar de todo la voz sigue siendo ese instrumento maltratado por la técnica y vendido al mejor postor.
La voz ha perdido su color para ser modificada virtualmente por sistemas de Autotune, compresión o modulación. El esfuerzo que en directo hace un cantante es sustituido por la más pura técnica que convierte a su trabajo en un paseo por el campo. En ocasiones se limita a bailar una estúpida coreografía tras haber pinchado el disco y así hacer playback. 

La música y la voz han dejado paso al espectáculo de luces y bailes que es hoy cualquier concierto de pop.
Es cantar el pop del siglo XXI un entretenimiento bobalicón, aséptico y sin interés emocional o incluso intelectual. No estamos ante voces sino ante construcciones de la tecnología. La repetición en bucle, los efectos de voz, ecos, delayers... enturbian toda la actividad de canto.

La voz no es tecnología. La voz es el único instrumento que no creamos nosotros. A lo sumo la técnica vocal se ve envuelta en esa tecnología. El resto de instrumentos son tecnología más o menos avanzada. La música electrónica es la exacerbación de este modo de entender la música.

Me pregunto si queremos seguir por este camino. En pocos años estaremos escuchando voces totalmente robotizadas con arreglos por ordenador. Canciones compuestas enteramente a través de la máquina en la que el sentimiento y la intención del ser humano no tendrá cabida. Es muy difícil adelantarse a lo que nos depara la tecnología en relación con la voz y con la música pero hay que ir preparándose para un agravamiento de esto que hoy critico.

7 de julio de 2013

La Crisis como concepto comodín - Parte 3: Formas de enfrentar al poder




(Está en todos lados, nos acecha constantemente y lo peor es que no somos conscientes.)

En antropología hay un concepto llamado "proxémica". Estudia las distancias físicas que generalmente un ciudadano toma con otro en la calle o en un espacio cerrado. Como el propio nombre indica, estudia esa "proximidad". Habría varios tipos de proximidad según nuestra relación con el otro pero eso no es importante para lo que quiero introducir hoy. Lo importante es que la proxémica es AUTOMÁTICA, sucede inconscientemente a cualquier persona con un poco de eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional y/o habilidades sociales. Lo ideal del asunto es que podamos separarnos del resto sin pensar en ello, al igual que nuestro corazón late independientemente de nuestro estado de consciencia o de nuestra respiración (haz un ejercicio conmigo, piensa en respirar... inspira, exhala...). 

Darse cuenta de los procesos automáticos e inconscientes es toda una revelación. Engolfarse en ellos y regodearse en su funcionamiento.

Eso es lo que los profesores intentan hacer en sus clases desde que somos pequeños: nos abren los ojos ante un mundo que funciona (de aquellas maneras...). Sin su ayuda no lo podríamos comprender. Son especialistas en inocularnos ese conocimiento. Ahora más que nunca, un profesor debería guiarnos y no solamente ofrecernos ese conocimiento, ya que él no es la única fuente legítima.

Nos abren los ojos y volvemos a lo de siempre. Nos gusta vivir con los ojos cerrados porque es lo cómodo. Es cómodo no pensar en chocarse con la señora que va andando a un metro nuestro. Es cómodo no pensar en los latidos y en la respiración pero... de repente la señora choca contra nosotros, nos da un ataque de asma, o tenemos un paro cardíaco.

He aquí la angustiosa consciencia.

En la mejor obra, a mi parecer, de Lev Tolstói, La muerte de Iván Illich, se nos narra la experiencia de un burócrata preocupado por sus funciones administrativas y por su ascenso a la cima de las clases sociales. Aparece su mujer, tan preocupada por cambiar las cortinas de su casa recién estrenada. Aparece su hijo, ajeno a todo. Vemos al personaje protagonista jugando a las cartas con sus amigos tan tranquilamente... hasta que, en la parte media de la obra, sufre un pequeño dolor. Este dolor va siendo cada vez más fuerte. El dolor hace que Iván sea más consciente de sí mismo y de todo lo que ocurre a su alrededor. 

El dolor nos hace ser conscientes del presente. El dolor es el aquí y ahora, el entorno y el dintorno de aquello que hemos dado en llamar YO.

El protagonista, antes de morir, se da cuenta de la clave de su vida y de la naturaleza de aquello obvium re, lo que permanece implícito en el resto de cosas.

(¡No hago spoilers diciendo que se muere ya que así es el propio título del libro! Leedlo, os lo recomiendo, y no es una lectura muy larga).

La clave es descubierta por el dolor, por la cercanía de la muerte, por la interiorización, por la constante lucha contra sí mismo.

Así es el poder. El poder tiene las mismas características que un/el dolor.

El poder se esconde en nosotros, en los otros y en el resto estructural. El poder no tiene más que lugares comunes donde aparecer, pero es una aparición diáfana. El poder no se ve. El poder nos permite ver el resto del mundo a través de sus intrigas y formas prácticas pero por sí mismo es invisible. El poder fundamenta el mundo actual, lo pinta, lo envenena y lo envilece.

Si estamos en la posición de los poderosos estaremos encantados de seguir en esa posición. No me creo la buena voluntad del rico. Ser rico y tener buena voluntad son conceptos antagónicos. La riqueza surge necesariamente de la desigualdad y del mal del prójimo. Siempre y cuando haya un pobre ningún rico podrá dormir con la conciencia tranquila.

El poder entra en sus conciencias y las adormece y vitupera: ¡adelante -dice la conciencia- estás siguiendo el buen camino, que tú seas rico redundará en el beneficio universal de LA HUMANIDAD!

Entonces se justifica el poder. Entonces se justifica la desigualdad. 

El poder no es sólo económico. No quiero pecar de reduccionista. Pero el poder que más gusta comentar es el económico. 
También existen otro tipo de poderes: el poder del hombre frente a la mujer, el del mayor frente al menor, el del más exitoso frente al olvidado por la sociedad, el del heterosexual frente al colectivo LGTBQi, el del jefe y el esclavo trabajador...

Si no nos gusta es preciso enfrentarlo. Por derecho divino, por leyes no escritas, por principios, me importan bien poco los motivos, y ojito con aquel que te diga que busques legitimidad para enfrentarte al poder.

En eso se fundamenta la anarquía (an-archós, negación o supresión del poder).
La anarquía busca, por definición, la desaparición del poder constituido y del no constituido (de facto). Para ello hay múltiples caminos que otro día comentaré con más detenimiento.

Pero el poder no se combate tan solo desde la anarquía. Existen otras muchas formas de enfrentamiento del poder, si bien no tan radicales pero muy válidas y casi capaces de poder ser puestas en marcha automáticamente.

Hay grados diversos de enfrentamiento al poder. Por esto no me gustan las entrevistas sin sustancia. Tampoco me gustan los debates televisivos. En los pocos en que hay una mínima puesta en cuestión al poder establecido las intentonas de dar algo de luz sobre la cuestión del poder per se (¡sin datos numéricos sino hechos puros y duros!) son del todo insuficientes. ¡Podremos darnos con un canto en los dientes si en alguno de ellos se habla con todas las letras y bien alto de desobediencia civil!

Hay grados. Yo considero que el más bajo es el grado ad hominem o el del ejemplo práctico de las estadísticas. La estadística, como dije el otro día, es la punta del iceberg. El que sólo debate con estadísticas no debate, únicamente hace cosquillas al poder. Tampoco se pueden debatir los hechos, pues estos son los que son y no se detienen en sí mismos sino que dependen de...


Dentro de la estructura económica, política o legislativa (es una tríada que me gusta, como veis) hay varios tipos de cuestionamientos en un nivel puramente teórico. 
Comenzando por la propuesta de normas (como ha hecho la economía del siglo XX, ¡tan injustamente galardonada, incluso Nobel estará revolviéndose en su tumba por tamaña desvirtuación de sus premios!) que poco tienen que ver con la realidad hasta la descripción de los puros hechos. 
El científico ha de ver la estructura de los acontecimientos y tratar de entender por qué estos adquieren una forma y no otra. ¿Qué los motiva?

No es suficiente la ciencia para hacer una crítica profunda a esto. Esta crítica, repito, es lo llamado "enfrentamiento". La ciencia no nos vale, ¿por qué?

Porque el poderoso también es científico. El poderoso también conoce la teoría, ¡incluso la crea! El poderoso en sentido amplísimo está subsumido bajo unos esquemas que ni siquiera él inventó pero que le dan de comer caviar de Beluga. El poder no se enfrenta desde la racionalidad, como así pensaron muchos ilustrados. El siglo XX les quitó la razón. Voy a hacer una reductio ad hitlerum (cosa que odio pero que a veces está bien como recurso): ¡el propio Hitler, en la primera parte de Mi lucha decía que lo racional era comportarse de la manera en que él lo hacía y pensar de la manera en que él pensaba! ¡Hasta ese nivel llegó la razón, a pasar a judíos por la incineradora con una sinfonía de Wagner sonando mientras por el tendido de megafonía! ¡Oh, cumbre racional de la humanidad!

Me hacen gracia los "círculos escépticos" que, con la razón presidiendo la mesa, debaten sobre todos los temas. ¡Sus conclusiones pecan de tal superficialidad supina que suscitan el mismo interés que los artículos de opinión en el suplemento dominical! 

De momento no hay nivel entre la razón y la realidad a la hora de enfrentarse al poder.
El siguiente paso es más poder o rechazar, debilitar o eliminar fulminantemente a ese poder (o poderes).

Se rechaza al poder con más poder, no con flores en los fusiles. Se debilita al poder con mejores discursos, no con concesiones lingüísticas hacia los poderosos (¡qué daño ha hecho la RAE como organismo de referencia -más bien organismo de AUTORIDAD ARGUMENTAL- a la hora de aclarar las discusiones terminológicas!). Se debilita el poder rechazando el reformismo y apuntando hacia la raíz: es preciso ser radical, en el sentido más auténtico de la palabra. 


Estoy perfectamente informado de que el poder no puede eliminarse fulminantemente. También estoy informado de que el sistema se deja criticar desde su propio interior. Pero también estoy al tanto de que este último orden de crítica es el que más resultados ha dado. 

El papel político no se juega en las urnas. Y no digo "no sólo", es que NO se juega en las urnas. Nos han pintado que la democracia es el sistema político menos malo y nosotros asentimos a esa retórica casi irrenunciable e incontestable.

El juego político es un juego de poderes.
Los juegos tienen reglas. "¡Qué razón tenía Platón!" Dicen algunos por ahí. "¡La filosofía no sirve para nada!" Dicen los bachilleres asqueados. Y yo diría, ¡ojalá hubiesen decapitado a Platón, ojalá la filosofía no sirviese para nada y no fuese un paso más en la legitimación descarada del poder y de la desigualdad!


Hoy no abogo por erradicar el pensamiento económico (como pensamiento único), ¡hoy abogo por el enfrentamiento directo al poder y a sus lacayos!

3 de enero de 2012

Hogaño



Tengo ya interiorizada la mala costumbre de comenzar cada episodio de mi podcast disculpándome por no actualizar aquí. Si sumásemos la cantidad de minutos que una persona dedica a decir por qué "no puede" hacer algo y las trocásemos en actividad estoy seguro de que el paro (sentido amplio, aunque aquí quedaría mejor "el parón") se terminaría.

Cada episodio me obliga a sintetizar, cosa que se me da especialmente mal.
Suelo irme por las nubes y un podcast no va a ser la excepción al caso (cuando dicen que las excepciones confirman las reglas me pregunto qué clase de regla tan tambaleante nos quieren hacer creer).

Lo disfruto y mucho más cuando me llegan vuestros comentarios llenos de interés por seguir produciendo archivos de audio con temas de reflexión.

Sé que hoy en día no se reflexiona ni medio minuto a la semana, que la vida va rápido y que es imposible detenerse a respirar profundo. Lo tratamos de subsanar con lamentables compromisos para el año bueno que se desvanecen antes de la Epifanía y con libros de autoayuda (de los que espero dar buena razón en próximos episodios de Nobody is Perfect -el susodicho podcast, para más señas-) escritos por adorables viejecitos con marcado acento catalán.

Hace varios años, harto de perder tiempo, me decidí con no poco esfuerzo a aprovechar los días al máximum.
Ocurre que esto no es muy común ni en mi familia ni en el resto de la población. La televisión absorbe las horas muertas y cabe aquí decir lo que ya avisó nuestro querido filósofo bigotudo: "Los pasatiempos están creados ex profeso para no pensar en la muerte.".

El desarrollo de las teorías relativas al aburrimiento y al tedio de vivir (spleen lo llamarían los franceses) es muy interesante y me gustaría reflexionar sobre ello en próximos episodios o posts en este blog.

El aprovechar el tiempo no es una mera bagatela. Si algo tenemos en cuanto nacemos (¡lotería tan imposible que me hace sentir vergüenza por aquellos que aún quieren seguir ganando otras!) es tiempo. No cito la película (In time) más que para introducir lo que muy certeramente nos dibujó Shakespeare como características del oro:

"Este esclavo dorado ata y desata vínculos consagrados; bendice al maldito: hace amable a la lepra, honra al ladrón. Y le da rango, poder y preeminencia. En el consejo de los senadores, conquista pretendientes.

Pues bien, creo que el oro actual no es el euro ni el dólar, sino el tiempo (no me quiero referir a Marx).
El control del tiempo es control de vida, riendas fuertemente cogidas y proyecto, con todo lo que esto implica.
Uno no puede asaltar el tiempo sin un proyecto, los proyectos necesitan horas, necesitan trabajo y actitud.
La vida (biográfica) convertida en verdadero proyecto es a lo que Julián Marías dedicó buena parte de su reflexión filosófica.

No se puede pensar en una vida "plena" atendiendo sólo a lo excitante del fin de semana. La cultura (que Bueno me perdone por semejante vulgarización del término) "findesemanera" nos hace ocupar de manera muy llana tan solo el 2/7 de nuestra vida (eso sin contar los fines de semana). ¿Y el resto de la semana?.

Creo que nadie se puede quejar de cómo le va o de cómo va al mundo en general si no es verdadero director de su propio tiempo. Se aliena en el momento en que dedica casi media tarde en ver la televisión (no olvidemos las terribles estadísticas que también asolan a este país -además de las del paro-, esas cuatro horas que de promedio cada español dedica a la televisión), no es de extrañar que una península en la que se facilita eso termine por explotar.
Mi amigo L.A. de Villena lo achaca (aquí y en muchos más sitios) a la incultura dominante. "España es hoy un país vergonzosamente inculto".

Nada nuevo en el horizonte.

La indignación fue lo más destacado del año pasado, el 15-M abrió los ojos a muchos y les despertó de su letargo. Sin proyecto pero, ya sí, fuera de sus casas, intentaron hombro con hombro poner encima del tapete todo aquello que les parecía repulsivo de este Estado.

No lo olvidemos, entonces no hubo proyecto (me valgo aquí del artículo de Innerarity ), no era suficiente la indignación, no se proyectó nada y nadie "cogió a su tiempo por el pescuezo".

Para todo, hasta para proyectar una indignación, hay que servirse del tiempo.
Uno de los más grandes (y complejos en sus teorías) filósofos del siglo XX, Martin Heidegger, nos puso sobre la mesa nada más nada menos que el tiempo (v. Sein und Zeit), al mismo nivel que el Ser.

Está fuera de mi intención la de hacer un comentario a esa obra pero quiero ilustrar así cómo el tiempo ha sido fundamental en cualquier suerte de reflexión.

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Sobre el podcast:

-Mi intención en un principio era comentar sobre el podcast pero me fui por las nubes. De nuevo tengo que agradecer vuestra atención a los comentaristas y oyentes que cada día sois unos cuantos. Si he conseguido haceros reflexionar con alguno de los episodios ya me doy por satisfecho.

-Además de eso, el podcast me tenía que servir para mejorar mi expresión oral. Creo que para ello lo mejor es dar conferencias ante un público no virtual sino de carne y hueso, subirse a un estrado y comenzar la perorata. Habréis podido notar el cambio de tono y velocidad entre los episodios grabados en mi casa ante una pared y aquellos hechos ante un público más o menos nutrido de personas (creo que han sido dos o tres estos últimos). Mi intención es verme en la necesidad (proyectada por mí, por supuesto) de hablar más sobre asuntos de interés, no frente a un muro sino de cara a un auditorio.

-Los próximos episodios de este podcast van a tratar un amplio abanico de temas. Espero hacer unos 25 episodios a lo largo de todo este 2012 (cada dos semanas uno). Voy a hacer una crítica a Eduard Punset, voy a hablar de Unamuno, Zola, Platón, Foucault, Marías... , también daremos comienzo al ciclo de historia antigua que no presentaré yo sino alguien más versado en esas materias, al igual que sobre temáticas tan amplias como el anarquismo, el feminismo, la política en un estado democrático, etcétera.

Como veis, no faltan propuestas y temas, además la intención y el poder de llevarlo a cabo están ahí.
También me comprometo a mantener esto más actualizado

Un saludo.

Fran Riveira.

Logroño, 3 de enero de 2012.