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17 de diciembre de 2014

Thérèse Raquin, de vuelta a la realidad



A veces necesito una dosis de realismo. Pero no del realismo de los noticieros, un realismo periodístico que nada tiene que ver con lo que verdaderamente sucede a las personas, sino un realismo intencionado, una descripción descarnada de los sucesos, casi médica y científica. Eso es lo que me ofrece Zola.

La primera vez que leí a Zola obtuve mi conciencia política, hasta ese punto llegó su narración a afectarme. Me refiero, cómo no, a una de sus obras más importantes: Germinal. 


Conforme iba avanzando sus páginas asistía aterrorizado a la vida de unos mineros de la Francia de finales del siglo XIX donde eran tratados como animales mientras que, al mismo tiempo, los señores propietarios se daban la buena vida. ¿Quiénes habían hecho más méritos para tener una vida relajada? ¿Los señores hijos de propietarios o los trabajadores hijos de proletarios que jamás podrían salir del agujero en que se encontraban? Asistí a ese fenómeno, al de los borrachos para olvidar, al de las camas calientes, al de la desigualdad puesta en escena sin necesidad del pecado que muchos escritores actuales cometen: el patetismo injustificado. El naturalismo, si algo tiene de agradable, es esa voluntad de objetividad que trata cualquier tema como si lo narrase una tercera persona. Esas son las descripciones que a mí me gustan, esas son las narraciones que creo valiosas. En un libro no me interesan los sentimientos del autor, o su vida privada (salvo en algunos casos) sino cómo sabe transmitir determinados sentimientos y acciones... y, para ello, nada mejor que el realismo y el naturalismo.


Galdós se encuentra en un nivel parecido al de Zola, aunque creo que Zola tenía mucho mayor conocimiento del mundo y "disfrutaba" de una época bastante más apasionante. Galdós escribía sobre su pasado más cercano (Episodios Nacionales) mientras que Zola lo hacía de su presente continuo. Ambos, por cierto, no fueron buenos estudiantes pero, curiosamente, acabaron como escritores geniales compatibilizando su actividad con el periodismo .

En Thérèse Raquin volvemos a asistir al mejor Zola. En sus inicios, quiso aplicar los tres puntos principales del naturalismo en esta novela. Tal atrevimiento le supuso no pocas críticas que le tachaban de inmoral. Y ya se sabe, cuando alguien describe objetivamente algo los que aplican criterios morales son los demás, no él.

La novela (no hago spoilers) trata de la vida de una familia algo desestructurada. Una madre amantísima, un hijo enfermo y una hija adoptada que viven siempre en el mismo agujero, una vida monótona, sin sentido y sin valor. Cuando se hacen mayores, los dos hijos (que no comparten sangre) se casan, haciendo de la madre una persona feliz pues sabe que cuando falte ella su hijo -siempre tendente a la enfermedad- va a estar bien cuidado. Todo su mundo se trastoca cuando hace aparición un viejo amigo del enfermo que se introduce una noche por semana en las veladas de la familia, donde juegan, charlan y pasan el rato. Este amigo consigue sacar de su ceguera pasional a la hija (Thérèse) y desde entonces la novela se desarrolla, pasando por dos momentos cumbre: el crimen y el desenlace.

Decía Zola que cada capítulo tenía que verse como una descripción lo más detallada y objetiva posible de un sentimiento, afecto, pecado capital o estado mental... quien lo quisiese ver como otra cosa y, además, lo criticase, estaría errando el tiro. Como digo, los críticos de su época se subían por las paredes. Hoy en día este libro, después de asistir a fenómenos como el realismo sucio o películas de dudoso buen gusto (tipo American Pie, Torrente) nos puede parecer pueril. Pero, poniéndonos en su tiempo histórico, la revolución que supuso para la literatura universal fue insospechado. Es un libro tan moderno que podría decirse que fue escrito cien años después de cuando realmente se publicó: 1867.

La narración tiene en cuenta tres cuestiones clave del realismo: la herencia familiar y su manera de conformar a la prole, los problemas más acuciantes que la sociedad crea en personas particulares (alcoholismo, crímenes, prostitución) y, cómo no, el efecto que la sociedad en sentido amplio tiene en los individuos que la habitan (una situación socioeconómica concreta, etc).

Es un libro de Zola la mejor manera de leer historia de Francia, e incluso de averiguar profundamente las impresiones de un ser humano tras haber pasado por una experiencia calamitosa y decisiva. Al igual que Zola, nuestro querido Galdós es el narrador apropiado para conocer la historia del siglo XIX. 

Hoy en día ya estamos tan imbuidos por realismos mágicos, poesías baratas y descripciones parciales de la realidad (quizá esto último facilitado por la imposibilidad de describir con un mínimo de rigor toda la realidad en su conjunto) que el naturalismo está fuera de moda. La gente quiere historias maravillosas que le transporten a mundos distintos al suyo, en otros planetas o en otras épocas.

Quizá este gusto por lo fascinante e inalcanzable sea una de las causas por las que parecemos ser una generación adormilada, más preocupada por conocer el final de Harry Potter que por descubrir qué se encuentra detrás de, por ejemplo, las motivaciones de un violador o un terrorista.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

25 de noviembre de 2014

"La sonrisa etrusca", una carta de amor de José Luis Sampedro



En este blog suelo hablar siempre de filosofía y de política. Dentro de la palabra Filosofía encontramos la raíz griega filos- que significa no sólo amor sino también tendencia hacia algo, interés, cuidado... Me parece que definir a la Filosofía como el amor por la sabiduría es injusto porque ella es mucho más. Pero hoy no quiero meterme en esas piruetas semánticas y etimológicas.

Aquí hablamos mucho de lo que pensamos que es sabiduría, pero nunca de ese amor. Ese amor por lo que uno hace, por lo que uno se ve motivado a seguir viviendo. Todos, hasta los más teóricos, tenemos un poco o un mucho de esta materia invisible que ha movido el mundo y que lo seguirá moviendo. A Fukuyama podríamos contestarle con esta frase a su célebre sentencia que daba por terminada la historia: mientras haya amor, mientras haya afectos entre los seres humanos, seguirá funcionando la historia. 

Pero sin pretender explicar el amor de una manera vergonzosamente pueril, como así ocurre en películas como Interstellar ("el amor es la quinta dimensión"), quiero detenerme en un amor más particular, más humano, sin más pretensiones.

El libro de Sampedro que he tenido la oportunidad de leer me lo presentó una de las últimas novedades de Amazon: Kindle Unlimited. Estaba buscando algún libro cortito que estuviese escrito por un español al que nunca había leído y surgieron dos nombres: Goytisolo y Sampedro. Comencé con el primero pero no llegué a terminarlo (Estambul otomano), sin embargo con Sampedro inicié la lectura y estuve enganchado hasta el final.

Pero acontece que no es un libro al que estar enganchado por una trama que atrapa. Desde el primer momento uno sabe qué le va a ocurrir al protagonista, un anciano italiano que combatió en el bando anarquista en la época de la SGM y a quien, tras haberle sido diagnosticado un cáncer, sus hijos deciden sacarle del pueblo para que pase sus últimos meses de vida en su casa de Milán. 

Es aquí donde el protagonista de la historia descubre la dulzura de la vida, especialmente a través de su nieto Bruno. La transformación que opera este anciano, Salvatore Roncone, tras conocer a su nieto, es más que notoria. De repente llegan a su vida dos o tres situaciones que trastocan por entero su sistema moral, su sistema afectivo. Pasa de ser un viejo gruñón e insensible, no maleducado sino falto de educación... a crear unos soliloquios en la compañía de su nieto de un año, durante las noches, mientras la "Rusca" le ataca poco a poco las fuerzas. Estos soliloquios, auténticos monólogos interiores al estilo de Delibes (se nota que Sampedro tenía interés por los literatos de su propio país), eran cartas de amor intergeneracional, dirigidas a su nieto que aún era incapaz de comprenderlas. Para él, para el viejo, esos momentos nocturnos donde hablaba a través de sus pensamientos a su nieto dormido, eran sanadores, eran vivificadores, hacían de su estado una cuenta atrás con sentido.

Ese sentido es el Ivan Ilich no supo encontrar hasta que llegó su último minuto de vida. La existencia del personaje de Tolstoi había sido tan penosa e inauténtica que tuvo que sentir el dolor para darse cuenta de ella. El personaje de Sampedro, sin embargo, pasa por la misma situación pero con un espíritu y ánimos distintos.

Es el amor, en este sentido, un buen fármaco, un buen efecto placebo. 

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.


23 de septiembre de 2014

Youtubers, Booktubers y lectores




Quise haber escrito sobre esto hace ya un tiempo pero entre una cosa y otra no lo hice. Desde hace unos días, sin embargo, vengo observando múltiples publicaciones en periódicos digitales sobre el tema de los Booktubers y quería aportar mi experiencia con ellos y compartir mi opinión con todos vosotros.

Llevo varios días pensando cómo enfocar este post y por eso temo que quede algo contradictorio. Para evitar eso, al menos os voy a hacer partícipes de mi contradicción.

Yo no veo la tele, veo YouTube. Me entretiene, no tiene anuncios porque tengo la extensión de AdBlock. Yo he ganado dinero con algunos vídeos en YouTube, tanto es así que me he podido comprar una PlayStation 3. Hace ya un año que dejé de ganar dinero por hache o por be. Lo que quiero decir es que sé la situación del YouTuber, tanto desde dentro como desde fuera. Veo, como decía, YouTube en vez de la televisión. Y no es sólo la ausencia de publicidad la ventaja mayor sino también, qué duda cabe, los numerosos contenidos interesantes. Sigo unos 100 canales y no hay ninguno que sobre. Unos me proporcionan mi dosis diaria de aviación, otros de velocidad, otros de filosofía, música clásica, literatura y también, por supuesto, un poco de distracción sin muchas más pretensiones.

Este último caso es el que ocupa JPelirrojo. No sé cómo llegué a él pero me imagino que aterricé en su canal principal. Me da hasta vergüenza admitir que le comencé a ver en sus vídeos porque de verdad que eran malos, sobreactuados y poco interesantes. El problema de los YouTubers es que sueltan sus opiniones poco maduradas sobre mogollón de temas a una audiencia cada vez más grande que no exige mucho más de lo que recibe, entonces lo que ocurre es lo que vemos: vídeos cada vez mejor editados, veloces y dinámicos, pero cuyo contenido deja mucho que desear para los que buscamos un poquito más en ellos.

Así, comencé a seguir su canal secundario "Voy a por ello", que hoy por hoy se ha convertido en su canal principal. Aquí narra su día a día y me enganché de tal manera que tuve que ver todos los vídeos desde el principio hasta el final. Y esto no sólo me ha pasado con ese canal sino también con series como Cuéntame, etc... siempre tengo que tener algo para ver (series o vídeos de otro tipo), para matar esos momentos en los que a uno no le apetece ni escribir, ni leer ni pensar demasiado. Me enganché, ya te digo, y así hasta hoy. En este canal se narra su día a día desde hace unos cuantos años y es verdaderamente interesante ver todo el proceso que ha ido detrás. Es una persona totalmente diferente a mí. Yo soy de esos que planifican, que tienen sus pasos bien claros y que procuran ser buenos en varios aspectos concretos de su vida. Por otro lado, JPelirrojo es un diletante que va de aquí para allá probándose a sí mismo en innumerables actividades: paracaidísmo, música, actuación, deportes, radio, etc. Estoy seguro de que nadie, ni aunque lo intente, puede ser bueno en tantísimas cosas. Tendrá uno una vida llena de pequeños intentos de ser el mejor, pero nunca lo conseguirá. A pesar de todo rompo una lanza a su favor y digo que me parece que su lugar está en la radio, tanto por su voz como por su desparpajo.

Tampoco quería hablar sólo de su caso sino tomarlo como ejemplo.

Los YouTubers me hartan. Ediciones insuperables y cada vez más medios (porque las marcas no son tontas y se acercan a ellos) pero contenido repetitivo -aunque todos piensen que son revolucionarios- y poco interesante. YouTube es un lugar muy grande, lo reconozco, y hay de todo. Yo me estoy refiriendo a esta oleada de jóvenes que cogen una cámara y se ponen a expresar sus opiniones. Lejos de querer dármelas de cultureta, pienso que un lugar sin restricciones de tiempo tendría que poder dar lugar a reflexiones más largas. ¿Qué ocurrió con programas como la Tuerka (carne de YouTube)? Poco a poco fueron añadiendo a individuos sin gracia (Facu Díaz, i.e.) y secciones que bien merecerían aparecer en programas de repaso semanal de la Sexta, y no secciones que mereciese la pena incluir en un programa de debate. En mi opinión, se cargaron el programa en cuanto metieron todo eso. Hacerlo diario lo volvió imposible de seguir (el que tenga una hora cada día para ver una tertulia, que me diga como lo hace). Creo que los contenidos diarios tienen que ser fácilmente consumibles en 10 o 15 minutos (como este mismo post) y no en una hora o dos. Si son semanales, que sean algo más largos está permitido, siempre y cuando sigan siendo semanales.

Es cuestión de jugar un poco con las necesidades de los oyentes o suscriptores y saber ajustarse.

Cuando conocí el fenómeno de los BookTubers (a través de Javier Ruescas, un escritor español de literatura para jóvenes) enseguida me suscribí al canal de Alberto Villareal. También me suscribí a Goodreads por recomendación suya y le comencé a seguir. Es verdad, no bullshit, ese tío lee. Eso sí, que no lea a Nietzsche o a Hegel no le convierte en peor lector, sino en otro tipo de lector. Y que no reflexione largamente durante 60 minutos semanales sobre sus lecturas no le convierte en un peor comentarista de libros, sino simplemente en un comentarista que decide ajustarse a los patrones ya preestablecidos en YouTube (vídeos de no más de 5 minutos que intentan comentar de manera más o menos feliz el argumento de un libro).





Así que no los juzgo moralmente. Quizá sí que pueda hacerlo intelectualmente pero tampoco es cuestión. ¿Qué ocurre? Que ellos mismos saben que su contenido no está hecho para producir largas reflexiones o discusiones de sobremesa. Ese contenido tiene que ser rápido, consumible tras dos clics y a otra cosa mariposa. En el improbable caso de recomendar un libro clásico, los comentarios disminuyen producto de una portada poco atractiva o un argumento costoso en el sentido de complicado (hay novelas clásicas complicadas por esto mismo). Sin embargo, abundan los libros con portadas divertidas y coloridas, con títulos que llaman la atención al lector y que nada tienen que ver con "Crimen y Castigo" sino más bien con "PLAY", o "Bajo la misma estrella".

Bueno, ¿y qué tengo que decir ante todo este escaparate?
Me entretiene, al igual que JPelirrojo. Si busco una reflexión más aguda y compleja sobre obras clásicas (o contemporáneas, pero no mainstream) entonces acudo a las fuentes correctas, o a mí mismo. Para esta segunda necesidad los podcasts son una salida excelente. Los podcasts se basan totalmente en el sonido y habitualmente los que escuchamos podcasts tenemos mayor tolerancia al tiempo de reflexión. Cuando se unen el hambre y las ganas de comer (las ganas de escuchar y gente hablando sobre ese tema con verdadera pasión) entonces el podcast es el lugar. El vídeo, sin embargo, requiere otro tipo de atención, requiere estar parado ante el aparato dedicándole ojos y oídos, además de un considerable ancho de banda.

Sólo sirven para entretener, y sirven también para animar a la lectura, qué duda cabe. Pero animar a la lectura no implica animar a la reflexión. No todo el que lee reflexiona. La lectura no implica que posteriormente se reflexione sobre lo leído.

No es verdad que los jóvenes de hoy en día no lean. Por el contrario, creo que leen más que nunca porque todas las nuevas tecnologías se basan en los textos. El problema es otro, es el contenido que leen. No confundamos lo que pedimos a los jóvenes (que lean) con lo que queremos por conocimiento propio que consuman (contenido de alta calidad). YouTube permite que el joven se asome al formato, a la lectura en libro o en ebook, y disfrute de ese libro porque se lo ha recomendado alguien guapo y con mucho carisma.

Menos da una piedra y, ¿quién no te dice que un día se aburra de esos libros que sólo hablan de romances felices y decida internarse en la literatura clásica?

Los que, desde luego, ni comen ni dejan comer, son esos críticos a los que les pica el culo porque ven que personas de menor edad que ellos, acostumbrados al uso de las nuevas tecnologías, son capaces de atraer a un público joven al que jamás hubiesen podido aspirar desde sus columnas dominicales.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.