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21 de noviembre de 2014

Comentarios a una conferencia de Emilio Lledó - Segunda y última parte






El primer nivel de felicidad es una cierta inconsciencia en alguien del que no depende de nosotros ganar su gracia. Tener bienes materiales te convertía en alguien feliz. En un mundo durísimo existían aquellos que tenían unos diosecillos que les eran más propicios que a otros. Ahí nació el primer latido de la palabra felicidad. Aquí aparece el elemento de la inestabilidad: el eu-daimon da cosas a muchos pero también las quita. El destino es tan inestable y contradictorio que sólo desde el fin de nuestra vida podemos estar seguros de nuestra suerte. Lo evidente es que en estos primeros textos el centro es el yo: el cuerpo o la vida. No es el tener mucho lo que caracteriza al hombre sino el desear mucho (aun teniendo mucho), esa es la inestabilidad de los bienes. 


En los textos griegos siguientes el término eudaimonía no tratará ya de un buen demonio sino que ese término se sustantiviza, se hace abstracto y se convierte en eudaimonía. En ese segundo estadio en que ya no es un dios que nos ha caído en suerte entra a funcionar otra característica fundamental: la interiorización de la eudaimonía. En el fragmento 170 de Demócrito, a finales del siglo VI, se habla ya de la eudaimonía tes psychés (felicidad del alma o, mejor dicho, estado de plenitud que puede tener la interioridad del hombre). El daimon es el propio carácter del hombre: la felicidad es lo que uno mismo ha logrado. Aquí está el horizonte de las posibilidades pues no se trata de una realidad objetiva sino de si me dejan realizar esas posibilidades. Ser hombre es tener suerte, ser feliz. Todo lo que yo he hecho con mi vida se convierte en mi ethos: una especie de traje interior, confeccionado en el roce de mi propia vida. Aquí aparece la experiencia, la “aquendidad”. Para Tales de Mileto ser feliz exigía tener, como decía Alberti, un “alma navegable”, un cuerpo sano, en que no hubiese nudos impertinentes y viejas cuestiones por resolver, un cuerpo bien educado (con buena paideia), un cuerpo sano y armónico con un alma capaz de superar sus propios tropiezos. 

En esta teoría de la felicidad hay un salto más justo después de este momento de la interiorización: en ese alma que se analiza a sí misma (un nous que controla a un thymos) descubrimos que lo útil para mi vida es útil para alcanzar la felicidad: aparece la propiedad. El problema de la utilidad empieza a surgir como un componente fundamental de felicidad, un componente que ese nous mío (capacidad de reflexionar o de controlar a los instintos) descubre: en el centro de la felicidad está lo útil. Pero resulta que con esa búsqueda “egoísta” de lo útil estoy desarmonizando el tejido social en el que necesariamente estoy inserto (en tanto en cuanto también estoy inserto en un lenguaje). Aquí surge el control de lo útil que paralelamente puede entrar en conflicto con el otro.

Llegan ahora los dos términos fundamentales de lo que se llamará el pensamiento ético: areté y agathós. Cuando nace el agathós el hombre bueno no es moralmente bueno tan solo sino que es el útil, lo capaz de producir cosas. Este hombre bueno o agathós, por tanto, sería el capaz de producir cosas. La palabra areté se “maltraduce” por virtud pero virtud en nuestro lenguaje connota unos significados que no tenía esta palabra en su momento: significa noble, persona que tiene prestigio... era una “excelencia” humana, una superioridad no por lo material sino por lo ético.


Así como el daimon nos proyecta directamente en el mundo de lo íntimo, areté y agathós nos proyectan en el mundo de la colectividad. Esto ya tiene que ver con la comunidad, de ahí la importancia de la timé (la honra), del ser en los otros, pues necesitamos el juicio de la comunidad para ser nosotros. La felicidad necesita la confirmación de los otros: se necesita el juicio de la comunidad para ser nosotros. Ser feliz es “ser dicho” feliz. Hay que vivir el “yo” en la conciencia del otro. Dice Lledó que hay textos de esa época en que se puede leer esto, aunque parezcan anacrónicos planteamientos por ser más propios de la Modernidad.


Aquí aparecerá otra nueva inversión desde los inicios de la teoría de la felicidad: hemos visto primero la posesión de bienes, luego la propiedad, posteriormente el reconocimiento que cuenta con el otro y que no se satura en sí mismo... pero hay un momento definitivo en esta prehistoria de la felicidad que es la que encarna la palabra griega sofrosyne: pensar sanamente. La salud del cuerpo es la que está sirviendo de patrón (no es una mera metáfora bella): no exponernos a peligros inútiles, cuidar el cuerpo pues este es el centro y da armonía a los elementos de nuestro propio yo... Todo eso encierra esa palabra. Sofrosyne es un tipo concreto de sabiduría cuyo objetivo no es el bien sino la armonía, es decir, equilibrarnos. Lo bueno ya no es algo dado objetivamente sino que es una realización de lo propio: de aquí el famoso gnóthi seautón, no significa “conócete a ti mismo” sino “estúdiate para saber bien quién eres y, así, poder enlazarte con los demás”. Por esto el mundo tiene que hacérnoslo posible. El hacer no es sólo hacerme a mí sino establecer una serie de vinculaciones que acabaran en eu pratein (un buen hacer) y no únicamente en un eu daimon. Salimos de la órbita de la resignación ante el otro que posee tanto, de la órbita del puro gozo en el propio yo sino que salimos de él para enlazarnos con el mundo y convertir la felicidad humana no en el resultado de un gozo subjetivo sino en una energía creadora. Así acaba la conferencia.

…

Cuando hablamos de las cuestiones de “lo mismo” o “lo otro” (la alteridad) en el mundo griego no hemos de caer en anacronismos y pensar que se refieren a lo que en el siglo XX con filósofos como Lévinas o Sartre (versión judía y existencialista del problema, respectivamente) se estudió como “el yo” y “el otro”. Esta segunda acepción implica una actitud política que, aunque se encontraba en potencia, los griegos no descifraron de la misma manera que nosotros entendemos ahora, es decir, la idea del otro como autoconocimiento, como espejo en que nos miramos para realizarnos. 

Sin embargo, la cuestión de la felicidad como fundamento de la política, que es lo que Lledó trataría en las siguientes conferencias, sigue hoy en día en la portada de todo proyecto ético. Por tanto la política debe procurar dar respuestas a este fin en sí mismo que es ser felices y no detenerse tan solo en los aspectos puramente económicos que, si bien son fundamentales para controlar y administrar los bienes, no suponen la última palabra en el rango de preocupaciones humanas. No sólo de pan vive el hombre.

20 de noviembre de 2014

Comentarios a una conferencia de Emilio Lledó - Primera parte







Emilio Lledó va a hablar en esta serie de conferencias de un binomio contradictorio, Mucha gente piensa que ambas cosas, política y felicidad, no tienen nada que ver la una con la otra. Lledó ve que esencialmente tienen algo que ver pero que no se puede soslayar esa intuición primaria del hombre actual que contempla que no son únicamente conceptos contradictorios sino que pertenecen a campos totalmente divergentes. Para abordar el problema plantea la oposición entre ambos conceptos y si la felicidad o la política es paralizadora o incompatible con su respectiva. Lledó querrá levantar ambos términos de la presión que ha caído sobre ellos para ver si existe una carne histórica en ambas palabras pues parece que cuando un concepto es tan manido pierde su sentido. En el ámbito de la vida podemos olvidarnos de que esas palabras no sólo viven en la temporalidad inmediata en que yo las pronuncio sino que ha habido épocas en la que estos términos surgían a la intemperie y se hacían vivos, alimentados por su tiempo. Va a tratar Lledó de estos conceptos, utilizados por nosotros mas no inventados (he aquí el problema). Habrá que ver si es posible “oírlos” en aquel ámbito cultural en que nacieron y así enriquecer nuestro presente con la voz “perdida” de aquel pasado. Hay que ser consciente de que esas voces del pasado siguen vivas, voces en las que, precisamente, se encierra la única posibilidad de que el hombre tenga pasado. No podemos ver esos textos aplastados por su propia textualidad sino que hemos de dejarlos emerger de sus circunstancias y de sus problemas, si no lo hacemos así estaremos partidos en una extraña temporalidad. Leer un texto es poner el oído en su época para evitar esa trivialización conceptual (lectio facilior) en la que estamos sumidos tan a menudo. 

Estar informado no quiere decir estar pensando, en nuestra época podemos tener datos por mil medios diferentes pero en absoluto solo informarnos caracteriza la esencia del ser humano, que es pensar. Por ello la filología no supone tan solo el amor al lógos sino también connaturalidad y proximidad, un cultivo del texto (no del texto en tanto que el texto) o un retrotraerse hacia el pasado y ponerse en situación determinada para alimentar nuestro presente. Se trata de un diálogo en que nos oímos a nosotros mismos y en que el interlocutor no nos escucha. El olvido del texto como algo vivo, para Lledó, es una de las enfermedades del presente: el embotamiento del sentido de esa voz.

Lledó cree que hay una distorsión ontológica, del ser mismo, del hombre mismo. No sólo no sabemos comunicarnos sino que no sabemos ya oír. La función del hombre no es saber sino crear, no recibir sino crear, pues según Aristóteles la vida es fundamentalmente práxis. Este deterioro ontológico es el que lleva, según el profesor Emilio, a la contraposición entre los conceptos Política y Felicidad. 


Ambas palabras surgieron en Grecia y el lenguaje surge porque la realidad lo exige. Estos textos que dan luz sobre nuestro asunto tienen un carácter simbólico (en el sentido griego: un pedazo de algo que se daba a otra persona para que, al cabo de un tiempo, ambos trozos pudiesen coincidir y así reconocerse). Llega un momento en que los textos de los grandes filósofos se solidifican y no nos sugieren nada más: este es el peor favor que les podemos hacer, al parecer de Lledó. Para Heidegger el lenguaje es la casa del ser, tesis parecida a la que sostenía Platón cuando decía en el Fedro que el lenguaje es “simiente”: la semilla de la comunicación intelectual, de la máxima felicidad.


Dice Lledó que cuando habla de felicidad siente algo de apuro o rubor, ¿por qué? Por lo que ve a su alrededor (amenazas continuas, un horizonte de inseguridad...). Pero dejando de lado esos temores ve más necesario que nunca hablar de ese término: tiene sentido plantearse ese problema porque además puede servirnos para aclararnos algunas cuestiones difuminadas o evaporadas por pseudoplanteamientos. Esta palabra existe en nuestro lenguaje y, además, la hemos asumido.


La felicidad es como una piedra de choque para una afirmación del yo y de nuestra propia vida. ¿Pero dónde surgió esta palabra dentro de nuestra cultura occidental? Ellos (los griegos) la llamaban eudaimonía, pero antes de ser un sustantivo más o menos abstracto fue eu-daimon, un buen diosecillo o demonio (en el sentido positivo), un buen sorteador que nos había dado un buen dote vital. Uno de los textos más característicos donde aparece esta palabra es un texto de Eurípides, el Orestes: “Cuando el daimon nos da algo bueno, ¿qué necesidad tenemos de los amigos?”. Curiosamente aquí la palabra "felicidad" aparece opuesta a la amistad.

19 de noviembre de 2014

El teléfono móvil de Emilio Lledó



El problema de algunos filósofos e intelectuales es que son viejos. Y como son viejos pues opinan como viejos. Sé que esta afirmación es demasiado generalizadora e injusta pero es que basta leer las entrevistas que les hacen para perder la fe en la intelectualidad del país:

ENLACE:"Algunos rasgos delatan a los filósofos. Se presentan con preguntas. Hablan de los griegos de la Antigüedad como si se tratase de su panda de barrio. Distinguen el grano (la cultura) de la paja (la tecnología). A menudo, para tener libertad, no llevan móvil. Emilio Lledó (Sevilla, 1927) logró ayer el Premio Nacional de las Letras por su dilatada trayectoria literaria como referente intelectual y ético, aunque no recibió la noticia desde la Secretaría de Estado de Cultura sino durante una entrevista con este diario porque Lledó, filósofo donde los haya, no lleva móvil: “Tengo más libertad”."

Llevo interesándome por Lledó y sus trabajos desde el 2009, prácticamente desde que comencé a estudiar Filosofía. Fue el director de tesis de uno de mis profesores favoritos de la Universidad y era amigo del profesor que cambió mi vida en primero de bachillerato y me hizo interesarme por la materia que impartía (y la que acabaría por apasionarme).


Esto no quiere decir que sostenga todo lo que dice, al igual que tampoco admito todo lo que dice Gustavo Bueno (por muy "objetivo" que resulte), etcétera. No, hay cuestiones, comentarios que hace, que tienen más de enamorado por tiempos pretéritos que de salidos de una reflexión seria sobre el presente. No, Emilio Lledó no es un buen filósofo del presente. Y yo diría que llamarlo filósofo es hasta inapropiado. Lo denominaría de otra manera: historiador de la Filosofía. No es ni peor ni mejor, simplemente es diferente. Los prólogos eruditos y sus libros (como digo, he leído unos cuantos, así que sé de lo que hablo) no son exageradamente originales, tampoco es esa su pretensión. Yo tampoco sé si llegaré a convertirme en un Filósofo, por lo pronto me gusta tanto hablar y me encuentro tan motivado que ser profesor, aunque sea dando clase de Ética a chavales de 4º de la ESO (si es que, para entonces, no la acaban por desterrar del ámbito de educación obligatoria), me parece un plan de vida muy interesante. 


Esto no lo digo yo, lo dice el propio Emilio Lledó al final de esa corta entrevista que os he citado antes. Contento estará, dice, si puede ofrecer algo original sobre alguna cuestión interesante a su juicio.

Ya no comento a Emilio Lledó como persona o como Filósofo (en parte estas dos características son indisociables) sino el tono general que desprende ese artículo. Se presenta al filósofo como a todo lo contrario de lo que tendría que ser. El descrito es un paisano alejado de la polis, que ve en la tecnología una manera de deshumanizar a las personas, que ve en ella todo lo contrario a la cultura. No hace falta escarbar mucho en los teóricos y filósofos de la tecnología pero ninguno de ellos, en su sano juicio, diría que la tecnología es otra cosa (o que está fuera de) la cultura. 

Lo que más me llama la atención es precisamente que se asocie tener libertad a no llevar el móvil encima. Es cierto que Lledó no tiene móvil y que, si acaso, le puedes encontrar en su casa de Madrid (si no está en Alemania). Tengo un amigo en común y cuando le preguntaba cómo le veía, respondía que estaba ya viejecito (y así se le puede ver en las fotos), es lo normal. Pero no por eso la llamada a destruir o a evitar la tecnología va a tener mayor sentido. No hay nada más agradable e interesante que una persona mayor que utilice bien las nuevas tecnologías, ¡aunque sea para exponer sus tesis de siempre! ¿Cómo, sino a través de las redes, me enteré de la existencia de este profesor antes de entrar en la Universidad?

...

Este post es una queja a una actitud en particular. Emilio Lledó ha sido para mí uno de los referentes como persona, estudioso y profesor. Le he leído y he comentado sus obras a lo largo de estos cuatro años de carrera. Ha sido el primer autor serio al que me atreví sin tener un bagaje filosófico muy amplio. Por ello le tengo mucha simpatía. Pero hay cosas como estas que me chirrían...

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

PD: Más lugares donde he escrito sobre Lledó:

http://franjota.blogspot.com.tr/2014/10/sugerencias-de-la-lectura.html
http://franjota.blogspot.com.tr/2014/10/la-banalizacion-del-sufrimiento-ajeno.html
http://franjota.blogspot.com.tr/2014/05/extranjero-en-alemania.html
http://franjota.blogspot.com.tr/2012/11/la-idiotez-en-gustavo-bueno.html