Robotín de Google

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18 de diciembre de 2014

Los maestros salvarán a la humanidad



Somos humanos y no podemos controlar todo.
Una persona, hoy en día, por muy inteligente que sea, es incapaz de aprender todas las matemáticas de su tiempo.
La especialización tiene buenos resultados pero las personas dejan de ser completas.
Por no atender a mil bandos acabamos por no atender a ninguno.
La mejor forma de estar al tanto de todo no es a través de las redes sociales sino a través de los libros.
Los libros que nos alejan de la realidad pueden servir en ocasiones, pero no tendrían que ser la norma.
Cuando nos apetece descansar buscamos lo que mejor ocupe nuestro tiempo, y si no nos hace pensar, mejor aún. Ver y comer. Comer y dormir.
Cuando las encuestas dicen que vemos una hora más de Internet al día que de televisión, ¿tenemos que preocuparnos?
No sabemos qué hacer con tanta información y para eso existen los profesores.
Los periodistas ya no sirven para cotejar la información y facilitarnos lo más interesante.
El único medio de habla castellana que despierta mi interés casi diariamente es la revista JotDown. 
También los podcasts, pero de vez en cuando y uno por uno, elegidos cuidadosamente tras varios filtros personales y generales (de la propia plataforma que uso: iVoox). 
Un exceso de información me agría el carácter. Por eso, tras pasarme un verano entero trabajando y escuchando la televisión todas las mañanas y tardes, la limpieza de cerebro (en el buen sentido) ha sido de agradecer.
También tendríamos que limpiarnos el cerebro de Twitter y las redes sociales o, al menos, comenzar a seguir a otra gente e integrarnos en otros ámbitos.
Teme al hombre de un solo libro, teme al hombre de un solo tema, teme al regionalista, al que hace política familiar, al que ve el mundo desde tan solo una óptica y, cuando se enfrenta con otras visiones, las sigue entendiendo con su propio ámbito.


Teme al filósofo, al politólogo... que articulan sus discursos para unos pocos. 
Teme también a los que crean contenido para consumirse y pasar a otra cosa al instante. Teme, por tanto, al que te dé el pescado y no la caña para seguir pensando tú.


Tenemos que ser más los profesores, tenemos que potenciar esta vocación... el conocimiento y la información está por todos lugares pero su tratamiento, intelección y criba necesitan de una mano maestra que los dirija correctamente. O al menos lo que cada uno entienda por correcto.

En Estambul, Turquía.

6 de noviembre de 2014

Por qué grabarte dando clases




Tú dices: es mi intimidad. A veces digo tonterías. A veces no me preparo bien el tema. A veces no estoy bien vestido, o tengo la voz ronca. Dices que quien quiera grabarte tiene que pedirte permiso porque es tu voz, tu derecho intelectual, es tu trabajo y, como tal (poco menos que si te estuviesen robando el alma), tienen que respetarlo. Los alumnos, con esas grabaciones (o cualquier otro) podría hacer cosas muy malas. Por ejemplo: propagarlas. Quizá saquen algún chascarrillo tuyo y lo repitan hasta la saciedad, o se den cuenta de que algún dato es incorrecto. También puede ser que no quieras que te graben porque ya es suficiente con que 20 personas te aguanten el rollo, ese rollo imposible, de tono monótono y poco atractivo, que sueltas cada día desde tu cátedra. También te da cosilla que vean que las únicas interacciones con el alumnado son para preguntar muy puntualmente sobre partes del temario de las que tienes un conocimiento más avanzado que cualquiera y que, por tanto, están de más. Íntimamente te da miedo que la gente del mundo te conozca, te da vértigo y sabes que no estás preparado: puede que nunca lo estés. 

Eso es exponerse, es lo que hago yo aquí en el blog, es lo que no dejan de hacer los "tecnoadictos", periodistas (en general). Mientras que tú, ¿tú qué haces? Tú te quedas ahí, en tu asiento, dando clases tres horas al día y cuando sales escribes tu nuevo ensayo o un capítulo de un libro que sólo los ya convencidos de sus tesis leerán, si es que no lo acaban por leer tan solo tus alumnos y los especialistas. 

La academia es el territorio más endogámico que existe. Con esto no digo que haya que venderse a multinacionales y bancos, como ya está sucediendo, o que haya que cambiar los temarios en pos de algo más divertido y actual. Tú, como profesor, tienes el derecho de servir como enlace entre el alumno y la información. Pero no sólo entre la información y él, sino que has de darle las herramientas necesarias para que, sin ti, este alumno sea capaz de valérselas por sí mismo.

¿Qué tiene que ver esto con grabarte dando clases y subirlo a, por ejemplo, Ivoox, o iTunes? Pues que una vez ahí tus alumnos podrán volver a escucharte, aclarar conceptos algo farragosos y, ¡qué bonito!, preguntarte al día siguiente más dudas que les han surgido tras la escucha de la grabación, cuestiones que una vez en clase, sin poder dar "pause" a tu voz, no surgieron. 

No te pones al servicio de la tecnología, la ves como una enemiga de la humanidad. El único enemigo de la humanidad eres tú que, acríticamente, determina que la tecnología es radicalmente funesta e impide la correcta enseñanza del alumnado. Eres tú el que está convirtiendo el mundo académico en precisamente eso: un mundo aparte. Un mundo al que solo los que tienen dinero para pagar unos créditos, tiempo y ganas... pueden acceder. ¿No tiene el mismo derecho un obrero que un estudiante cuyos padres le pagan la carrera? Sí tiene el mismo derecho, y no valen excusas. Tu cátedra no es una posición de privilegio en tanto que no haces con ella un bien no solo a tus alumnos sino al resto de la sociedad. Llegaste ahí con buenas intenciones, ¡qué duda cabe!, pero te has acomodado, has decidido repetir los mismos temas una y otra vez y sabes que, de grabarte dando clases, siempre se repetirían los conceptos. De hecho no te molestas en aprender un poco de retórica, tus gesticulaciones son más escasas que las de un espantapájaros y tu tono de voz, ¡cómo lo odiamos!, es más monótono que el tictac del reloj.

Grábate, súbelo. Comparte lo que sabes, ponlo libre. Si no quieres que sea gratis, consigue algún modo para que la gente pague de alguna forma tu esfuerzo. Sé consciente, también, de que no eres original, no eres más que un producto a hombros de otros gigantes, y esos gigantes habrían estado encantados de publicitarse de haber tenido los medios.

La tecnofobia es absurda. El profesor que no se molesta en aprovechar toda esta tecnología no sirve para nada. Ir a algunas aulas es hoy como montarse en una máquina del tiempo. 
El profesor perfecto es el que conoce su tema, hace lo imposible por presentarlo atractivo al alumno, da herramientas para que el que quiera saber más lo consiga y, además, procura que su labor no se quede reducida a las cuatro paredes del aula.

Por eso, en general, grábate dando clases.

Un saludo.

Francisco Riveira


En Estambul, Turquía.