Robotín de Google
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2 de diciembre de 2014
El modelo freemium, cultura accesible y de calidad.
Yo soy de los que piensan que la gente no es que no quiera pagar por la cultura que consume sino que la quiere rápida, de calidad y sencilla de acceder. El problema con la cultura que consumimos a través de Internet es que cumple esos tres requisitos. Si a ello le añadimos que es gratuita, ¿qué más se le puede pedir?
Pues bien, yo creo que la gente sí que quiere, pero no sólo por ver cuatro series concretas, o por un CD del que van a disfrutar solo las dos o tres canciones más conocidas. Creo que si ofrecemos al público un modelo que gestione todo el contenido multimedia que consume y que le permita acceder a él desde cualquier parte, con o sin conexión, aunque sea pagando... creo, por supuesto, que la gente se apuntará.
También hay quienes deciden no pagar por nada. Hay de todo en la viña del señor. Estos son los peor educados en las tecnologías y, además, los que muestran una falta absoluta de respeto por el trabajo de los demás. A ellos, por muchos modelos que les ofreciésemos para que pudiesen acceder a sus videojuegos y libros favoritos, decidirían seguir por el lado "pirata".
El problema aquí sigue siendo el mismo: los que más fácil nos lo ponen son aquellos que se aprovechan del contenido que otros crean. Si, por ejemplo, Antena 3 decidiese jugar a la misma altura que otros canales de televisión estadounidenses (donde no ponen pega alguna para ver contenidos online), otro gallo cantaría. Si aquellos cantantes que tanto se quejan (o escritores) de que nadie les escucha y de que están dejando de vender discos decidiesen seguir otro modelo de negocio alejados de las editoriales tradicionales, quizá les iría mejor. Lo que no puede ser es que nos mantengamos sobre las mismas fórmulas cuando tenemos la capacidad y los aparatos necesarios para que estas fórmulas cambien. Recordad que el contenido puede ser el mismo, la gente pagará por él, lo que cambia es el formato, y si el formato más sencillo de utilizar es gratuito, la gente irá a por lo gratuito.
Por no hacer mención al modelo freemium. Cuando estamos ofreciendo un servicio sin pedir más a cambio que la visualización de anuncios, estamos creando un contrato explícito con el consumidor (qué palabra más fea) de esa producto cultural. Muchos siguen pensando que su información en Internet tendría que desaparecer, pero también desaparecerían numerosas webs y empresas que viven de la posesión de esa información. Aun hay quienes creen (sin duda, embargados por una grave incultura tecnológica) que el presidente de Facebook se dedica a mirar sus conversaciones privadas y que, cuando les dices que su información y sus metadatos son compartidos, ya se están imaginando que sus fotos del verano están de paseo por las oficinas de alguna empresa en Silicon Valley.
Creo que tendríamos que hablar de esto más en serio. Creo que todos, académicos, escritores, músicos... artistas en general, tendrían que ponerse de acuerdo y ofrecer sus producciones a través de los nuevos medios y que así, aunque sea por acostumbrarse a su presencia en estos lugares, la gente comenzaría a utilizarlos.
El concepto de pertenencia es algo muy arraigado en cualquier sociedad. Pero esto es difícil de erradicar. La posesión de libros, de una biblioteca entera, de CD's que ocupan espacio, quizá puedan servir para decorar un bonito salón o para fardar delante de los melómanos pero... más allá de eso, ¿qué sentido tiene?
Al igual que ayer hablaba de los Kindle... ¿qué sentido tiene guardar libros -sin apuntes ni nada- en cajas? ¿No es mucho más enriquecedor poder acceder a ellos en cualquier momento, si se les necesita, y buscar la información que puntualmente queramos?
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
10 de noviembre de 2014
Sucedáneos
Me hago una autocrítica cuando defiendo a capa y espada la mayoría de los avances tecnológicos. No todos son éticamente válidos pero antes de validar algo éticamente tenemos que disponer de una ética. Nadie tiene una ética bien dispuesta, sólo tienen sentido común. Creo que el sentido común accede a los problemas morales de una manera más bien intuitiva que meditada así que no me parece un método correcto para opinar sobre absolutamente nada. Por eso hablo de que las políticas del sentido común me parecen un timo no sólo político sino también intelectual.
Así que parece actuar una suerte de ética del sentido común cuando surgen voces contrarias a determinados avances científicos. Hoy me voy a referir a los sucedáneos. Sí que vivimos entre sucedáneos. La ciudad misma es un sucedáneo de lo rural: todo es rápido y, por tanto, menos auténtico; todo sabe peor porque los productos frescos han de atravesar mayores distancias y, por tanto, tienen que introducirse en cámaras frigoríficas, tienen que recibir pesticidas, etc. La tecnología que usamos nos aleja de las tareas mecánicas: ya no pasamos hojas (a mí casi se me ha olvidado), no sabemos cómo huele el papel, no sabemos cómo escribir con un bolígrafo y nos es difícil hacer cálculos si no es con un móvil o a través del buscador de Google (que sirve también como calculadora).
En fin, yo, que soy de los que suelen apoyar todo esto, soy también consciente de que estamos convirtiendo nuestra existencia en un sucedáneo. Los únicos lugares a los que esta apabullante tecnología no llega del todo son el arte y algunas relaciones interpersonales que bajo ningún concepto podrían ni deberían ser reducidas al mundo virtual.
Están luego las clases virtuales. Yo quiero ser profesor y me gustaría poder hablar a la gente cara a cara, pero también sé que hay gente que no tiene dinero, o tiempo, o está enferma un día y necesita escuchar la clase dos semanas más tarde... ¿por qué no grabarme y subir las clases a iVoox? ¡Pero, al mismo tiempo, quiero que haya interacción en tiempo real, no sólo por Twitter sino de forma hablada, cara a cara!
Hay un cortocircuito entre ambos mundos y la tendencia va hacia la solución de ese cambio de paradigma. Llegará un momento en que las pantallas nos parecerán cosas del pasado, que escribir para buscar información será una tarea ridícula, al igual que para muchos de nosotros es ridículo buscar en una biblioteca información sobre un asunto. ¡Los libros han caducado, hay muchas cosas que no sirven! Y yo no pienso así (al menos no del todo), yo pienso que lo antiguo tiene un valor, un valor histórico. Que las tareas manuales, que jugar al ajedrez moviendo fichas con tus propias manos... tiene algo de romántico. Que las pantallas nos hacen entender el mundo de una manera 2d, de una manera plana, desapasionada y obtusa. Y la percepción sobre la realidad ya está pasando a lo demás.
Yo vivo en Turquía, ya puedo decir que soy habitante de un país que no es el mío, y una de las cosas que me llamaron la atención de este país fue ver cómo lo rural convivía con lo propio de las grandes ciudades, lo urbanita, lo sofisticado... que había cabras al lado del metrobús de Turquía, que había señores asando castañas al lado de un anuncio del nuevo LG G3, que había cantantes de temas típicos de Siria mientras que, a pocos metros, en una discoteca ponían el nuevo éxito de Lady Gaga. Estos mundos convivían, y en esta ciudad siguen conviviendo, pero el mundo va cambiando poco a poco. Hacía tiempo me preocupaba la posibilidad de no tener acceso a Internet EN CUALQUIER MOMENTO, temía que, en Turquía por ejemplo, no hubiese Internet Móvil... pues bien, ahora en la India lo hay, en la mayoría de África (salvo territorios baldíos, desérticos)... el mundo ya es de Internet Móvil, y yo no necesito más, es la nueva electricidad. Pero eso está haciendo que la gente ya no sea como antes, estoy seguro. Llevo utilizando Internet en el móvil desde hace unos 8 años y ya era yo el raro "que usaba Internet todo el día". Ahora es ya todo el mundo el que usa Internet las 24 horas y son incapaces de usarlo sin que eso afecte a sus relaciones, son ellos los que ven el doble check del WhatsApp y se preocupan porque sus mensajes no son contestados, son ellos los que se hacen una autofoto mañana, tarde y noche y los que la suben para alimentar su ego a base de likes... el antiguo Tuenti ahora se ha vuelto móvil, y en España es Instagram... el antiguo fotolog, o los comentarios basura en foros cutres, son ahora mensajitos en Twitter, que siempre hablan de lo mismo. Es el pensamiento unificado, las mentes a las que la tecnología no ha sabido potenciar sino todo lo contrario: sumir en un abotagamiento total, en una pérdida de interés por lo mediato.
En Estambul, Turquía.
6 de noviembre de 2014
Por qué grabarte dando clases
Tú dices: es mi intimidad. A veces digo tonterías. A veces no me preparo bien el tema. A veces no estoy bien vestido, o tengo la voz ronca. Dices que quien quiera grabarte tiene que pedirte permiso porque es tu voz, tu derecho intelectual, es tu trabajo y, como tal (poco menos que si te estuviesen robando el alma), tienen que respetarlo. Los alumnos, con esas grabaciones (o cualquier otro) podría hacer cosas muy malas. Por ejemplo: propagarlas. Quizá saquen algún chascarrillo tuyo y lo repitan hasta la saciedad, o se den cuenta de que algún dato es incorrecto. También puede ser que no quieras que te graben porque ya es suficiente con que 20 personas te aguanten el rollo, ese rollo imposible, de tono monótono y poco atractivo, que sueltas cada día desde tu cátedra. También te da cosilla que vean que las únicas interacciones con el alumnado son para preguntar muy puntualmente sobre partes del temario de las que tienes un conocimiento más avanzado que cualquiera y que, por tanto, están de más. Íntimamente te da miedo que la gente del mundo te conozca, te da vértigo y sabes que no estás preparado: puede que nunca lo estés.
Eso es exponerse, es lo que hago yo aquí en el blog, es lo que no dejan de hacer los "tecnoadictos", periodistas (en general). Mientras que tú, ¿tú qué haces? Tú te quedas ahí, en tu asiento, dando clases tres horas al día y cuando sales escribes tu nuevo ensayo o un capítulo de un libro que sólo los ya convencidos de sus tesis leerán, si es que no lo acaban por leer tan solo tus alumnos y los especialistas.
La academia es el territorio más endogámico que existe. Con esto no digo que haya que venderse a multinacionales y bancos, como ya está sucediendo, o que haya que cambiar los temarios en pos de algo más divertido y actual. Tú, como profesor, tienes el derecho de servir como enlace entre el alumno y la información. Pero no sólo entre la información y él, sino que has de darle las herramientas necesarias para que, sin ti, este alumno sea capaz de valérselas por sí mismo.
¿Qué tiene que ver esto con grabarte dando clases y subirlo a, por ejemplo, Ivoox, o iTunes? Pues que una vez ahí tus alumnos podrán volver a escucharte, aclarar conceptos algo farragosos y, ¡qué bonito!, preguntarte al día siguiente más dudas que les han surgido tras la escucha de la grabación, cuestiones que una vez en clase, sin poder dar "pause" a tu voz, no surgieron.
No te pones al servicio de la tecnología, la ves como una enemiga de la humanidad. El único enemigo de la humanidad eres tú que, acríticamente, determina que la tecnología es radicalmente funesta e impide la correcta enseñanza del alumnado. Eres tú el que está convirtiendo el mundo académico en precisamente eso: un mundo aparte. Un mundo al que solo los que tienen dinero para pagar unos créditos, tiempo y ganas... pueden acceder. ¿No tiene el mismo derecho un obrero que un estudiante cuyos padres le pagan la carrera? Sí tiene el mismo derecho, y no valen excusas. Tu cátedra no es una posición de privilegio en tanto que no haces con ella un bien no solo a tus alumnos sino al resto de la sociedad. Llegaste ahí con buenas intenciones, ¡qué duda cabe!, pero te has acomodado, has decidido repetir los mismos temas una y otra vez y sabes que, de grabarte dando clases, siempre se repetirían los conceptos. De hecho no te molestas en aprender un poco de retórica, tus gesticulaciones son más escasas que las de un espantapájaros y tu tono de voz, ¡cómo lo odiamos!, es más monótono que el tictac del reloj.
Grábate, súbelo. Comparte lo que sabes, ponlo libre. Si no quieres que sea gratis, consigue algún modo para que la gente pague de alguna forma tu esfuerzo. Sé consciente, también, de que no eres original, no eres más que un producto a hombros de otros gigantes, y esos gigantes habrían estado encantados de publicitarse de haber tenido los medios.
La tecnofobia es absurda. El profesor que no se molesta en aprovechar toda esta tecnología no sirve para nada. Ir a algunas aulas es hoy como montarse en una máquina del tiempo.
El profesor perfecto es el que conoce su tema, hace lo imposible por presentarlo atractivo al alumno, da herramientas para que el que quiera saber más lo consiga y, además, procura que su labor no se quede reducida a las cuatro paredes del aula.
Por eso, en general, grábate dando clases.
Un saludo.
Francisco Riveira
En Estambul, Turquía.
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