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30 de septiembre de 2014

Estrategias para evitar una Tercera Guerra Mundial




No quería dejar la oportunidad de escribir algo más sobre Primo Levi. Quiero hacerlo mientras siga fresco en mi cabeza. 

He leído su libro más famoso: "Se questo è un uomo". 

Como estudiante Erasmus estoy acostumbrado desde hace un mes a ver a muchas personas de todos los rincones de Europa, hablar con ellos e intentar compartir nuestras experiencias. Por lo general el carácter europeo es semejante, sobre todo si hablamos de latitudes concretas. Los italianos son parecidos a los españoles y los holandeses a los alemanes. No tanto los alemanes y los españoles pero, obviamente, más los españoles entre los alemanes que entre los propios turcos. Me ha sorprendido la enorme facilidad que tienen los turcos para iniciar conversación y ser tus amigos sin apenas presentaciones. Quizá es porque esta universidad favorece este tipo de relaciones (de entrada rápida). Lo que me cuesta pensar es en cómo mantienen las relaciones los propios turcos a lo largo del tiempo. 

La calle es principalmente masculina. Las mujeres no sólo son diferentes por sus vestidos sino también por su forma de ser. El momento en que mejor puedo hacer un análisis pseudopsicológico de ellas es en el autobús. Muchas leen, otras ven sus teléfonos móviles y otras miran a lo lejos. Es igual que en España solo que aquí leen más. Parece mentira, en este país hay muchos más lectores que en España. Pero no todas las mujeres llevan velo, y de hecho son muy pocas las que se ponen el burka. En según qué ambientes apenas hay diferencia entre una mujer turca y una madrileña.

Se quieren hacer europeos, y además lo muestran con hechos. La moneda es diferente y su religión también pero muchas de las costumbres que están adquiriendo son definitivamente europeas. Y yo no sé si querer parecerse a nosotros es algo bueno (al menos no están en la comunidad económica europea, aún no han entrado en la boca del lobo).

Leí que Erasmus era un medio creado para evitar algo tan nefasto como una guerra mundial. Leer este libro viendo y hablando habitualmente con alemanes es bastante curioso. No puedes evitar pensar que algunos de sus familiares perpetraron ese atentado contra la humanidad hace tan solo 70 años. La culpa en el pueblo alemán está enraizada e instalada en su pensamiento. Hay que reconocer que cuando les toca denunciar el fascismo y rescatar esas memorias de sus antepasados lo hacen sin dudar, sin ambigüedades y sin medias tintas como en España. No pueden concebir ningún tipo de alabanza a su dictador y la tercera Alemania es en todo caso una mancha en su historia. Aquí en España se considera un comentario simpático decir que "con Franco vivíamos mejor".

Pero tampoco quiero caer con este post en ese viejo error de atribuir un mismo "espíritu" a un pueblo entero. Yo digo que esto es idealismo, que es un error sociológico y además una equivocación filosófica. 

Ahora me imagino a todos nosotros, los europeos Erasmus de la Universidad del Bósforo, encerrados en un Lager, en un Lager (campo de trabajo) tal y como nos lo describía Primo Levi. Este Lager tiene una diferencia fundamental con respecto al Lager de los años 40 en Polonia: ya no es una Torre de Babel. El idioma que se impone por encima de los otros es el inglés, mientras que en aquella época todavía los italianos, los alemanes, los franceses... seguían usando esos lenguajes allende las fronteras de sus países. ¿Qué efectos tendría esto? Por supuesto, una mejora clara en la capacidad comunicativa. Muchas de las tareas y de los sentimientos generales se facilitarían enormemente al encontrar que la mayoría sería capaz de entender lo que se comunicara. En los años 40 el inglés estaba comenzando a ser parte de una potencia imperialista (EEUU) pero el francés y el alemán tenían una importancia en Europa incluso mayor que la del inglés hablado en el Reino Unido.

Lo que quiere conseguir Erasmus es mayor movilidad entre los europeos, facilitando y promoviendo las relaciones internacionales, pero deja una serie de ventajas no económicas a su paso que comienzan a ser bien visibles. 
La primera es que ya no hay fronteras que impidan física o económicamente la movilidad. Los viajes al centro de Europa son de lo más común. No hace falta tener mucho dinero para hacer un viaje de tres días a Londres o a París. Desde Zaragoza, comprado con tiempo, puede salir el viaje entero en avión (y las noches de hotel y gastos extra) por 200€ o menos.

Sin embargo, no veo que haya una identidad europea establecida. Los alemanes siguen teniendo mayor complicidad con sus compatriotas, los españoles lo mismo... Erasmus ha conseguido que esta movilidad nos acostumbre a tratar con los demás europeos pero en ningún momento ha fomentado una entidad europea propiamente dicha. Yo considero que la idea de Europa en lo teórico es hasta aconsejable y beneficiosa para el mundo entero, pero también conozco sus limitaciones y sus problemas en la práctica, problemas que ya llevamos viendo florecer desde hace unos cuantos años (decisiones tomadas por instituciones internacionales del tipo FMI, etc).

Me da la sensación de que en este post estoy mezclando cosas que no tienen mucho que ver pero es porque mi pensamiento ante este tema aún no está bien elaborado.

Sí que me parece bueno, en términos generales, que haya una identidad de "ciudadanía del mundo", incluso cuando el significado de ciudadanía me hace ponerme a la defensiva. 
El ideal de hombre cosmopolita de la antigua Grecia se intenta recuperar hoy en día porque no hay otra manera de explicar según qué eventos sociales y políticos en el mundo. Que estemos a varios clics de establecer conversación con un chino o que ahora mismo me sea más fácil hablar en italiano que en español (porque vivo con tres italianos y con solo un español) son consecuencias positivas de la mejora de la técnica.

Pero que la técnica mejore y permita este tipo de comunicación internacional no implica que, en el face to face, las relaciones sean de este mismo tipo. Tenemos que conseguir, y me alegro de estar en el tiempo y lugar adecuados, que las relaciones interpersonales estén exentas de prejuicios.

...

Sobre "Si esto es un hombre" quiero decir algo más. 

Ya comenté hace días que la actitud estilística de Primo Levi ante lo que le ocurrió pretendía ser lo más objetiva posible pero, al mismo tiempo, buscaba no dejar de lado el sentimiento propio. ¿Cómo consiguió esto? Narrando no como víctima, sino como testigo. 

En el apéndice que Primo Levi hizo para este libro décadas más tarde (año 1976, si no me equivoco) responde a varias preguntas que comúnmente le han hecho los que han asistido a sus charlas y conferencias. Una de ellas trata sobre si Primo Levi sigue odiando, o si ha perdonado a los ejecutores de la maquinaria fascista. 
En la misma línea argumental que Arendt, Levi responde:

"Por naturaleza el odio no me viene fácilmente. Lo considero un sentimiento animal y torpe, y prefiero en cambio que mis acciones y mis pensamientos, dentro de lo posible, nazcan de la razón; por ello nunca cultivé en mí mismo el odio como deseo primitivo de revancha, de sufrimiento infligido a mi enemigo real o presunto, de venganza privada. Debo agregar que, por lo que creo percibir, el odio es personal, se dirige a una persona, un hombre, un rostro: pero nuestros perseguidores de entonces no tenían rostro ni nombre, lo demuestran las páginas de este libro: estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles." 

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

25 de septiembre de 2014

Cómo escribir sobre el Holocausto



Los tonos en la literatura, esos grandes olvidados en la actualidad. El tono se consigue leyendo mucho más que escribiendo mucho. Los tonos no tienen mucho que ver el estilo. Se puede tener un estilo excelente a la hora de escribir pero el tono creado en la lectura tiene que ser acorde a la situación (es el análogo al tono conversacional).

Es muy común entre los jóvenes de mi generación no saber adecuar su tono al ambiente de discusión general que se está tratando. Este es el caso del Holocausto. El Holocausto no es sólo una desgracia, tiene muchas más características que lo convierten en una materia difícil de describir. Se ha hablado tanto de él y de tantas maneras (y desde tantas perspectivas) que lograr encontrar un tono en el que afrontar sus cuestiones más básicas es una labor que tanto para periodistas como estudiantes (y personas de la calle también, por supuesto) se convierte en una de las tareas más urgentes.

Ya no se cuida el tono porque no hay variedad de registros. El estudiante que no tiene variedad de registros (y no digo que yo no tenga también esa carencia) se debe a un tono general de pasividad y desapasionamiento producto de una sociedad que, cada vez más, nos enchufa a la máquina informativa: nadie llora cuando mueren niños por inanición.

La actitud de la intelectualidad incipiente ante los documentales y libros sobre desgracias (y más) como el Holocausto es ya una actitud puramente objetiva. A la hora de entender realidades es preciso adquirir un tono si queremos hablar de ellas, y en este caso el tono no tiene nada que ver con la objetividad, tiene bastante más que ver con la emoción y el apasionamiento.

La gravedad tonal es lo que se exige al periodista que crea un documental sobre el Holocausto. Al menos, pienso, está más cerca de lo que se pide a cualquier persona cuando tiene que hablar de esa época vergonzosa para la humanidad en general. Yo pediría algo más. No es suficiente la gravedad, a veces pasmosa. Hay que exigir al periodista o al profesor una actitud que recorra realmente lo que significó para judíos y demás seres inferiores a los ojos del sistema nazi. Eso implica conocer a las víctimas de cerca. Implica no caer en la numerología, estadística, en la introducción aséptica de los datos sobre muertes. Implica una memoria histórica, qué duda cabe. Una memoria histórica en el sentido que propuso el anterior gobierno de Zapatero. Pero no es suficiente con desenterrar a los cadáveres de las cunetas, hay que honrarles y nombrarles en cada momento que se considere adecuado. Que formen parte de un protocolo conmemorativo, como ya ocurre en Alemania o en Italia.

Me temo que el tono general con el que se narra en los medios las desgracias del régimen nazi cae en uno de sus errores más graves: la cosificación del individuo, el trato de los eventos históricos como entes teóricos comprensibles exentos de una historia humana: la intra-historia de Unamuno. 

Este post es una propuesta, por supuesto, y puede que me equivoque. Yo pido a los periodistas (sólo les exijo gravedad y eso, al menos hasta ahora, lo cumplen) que buceen en las profundidades de las biografías de los que sufrieron el Holocausto. 

¿Y cómo escribir con ese tono? Ese tono aparecerá por sí mismo si tenemos en cuenta este factor fundamental (el humano). No sabemos hasta qué punto, si somos partícipes de un hecho histórico y nos internamos en sus entresijos más humanos (demasiado humanos), vamos a cambiar nuestra mentalidad y, por tanto, nuestro tono a la hora de escribir sobre el asunto.

Ahora estoy leyendo a Primo Levi y me sorprende que todas las aproximaciones al genocidio no hayan sabido darle el tono que esta persona ha conseguido en sus relatos. Diréis: claro, él lo ha vivido. Pero también he leído otras narraciones de personas que lo sufrieron en sus carnes y ninguna de ellas consiguió el tono que Levi ha imprimido a, por ejemplo, "Si esto es un hombre". La narración es desapasionada, porque así lo exige el ambiente en que suceden los acontecimientos, pero siempre hay una reflexión sobre lo que ocurre. Esta reflexión es, de una manera u otra (no sé cómo lo consigue, pero lo consigue), hospitalaria con la muestra del sufrimiento y de la maquinaria genocida. Ora descriptiva, ora emocional.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.