Robotín de Google

5 de diciembre de 2014

Cómo ha cambiado mi ateísmo



No estoy a la vuelta de todo. No. Normalmente quien dice tal cosa es porque en realidad nunca estuvo en ningún lado. Sigo aprendiendo, sigo construyendo y destruyendo ideas. Si llegan algunas más adecuadas, destrono a las antiguas. Si llegan con paja, me encargo de limpiarla. Si son basura sin remedio, ni siquiera me molesto en recibirlas salvo que quiera reírme un poco.

Con el tema del ateísmo sí que estoy un poco de vuelta. No es que vivir en Estambul haya cambiado mi idea sobre cómo la gente ve la religión. En este sentido, el lugar en el que vivo y la universidad donde estudio son sumamente laicos. Salvo las llamadas al rezo (que suceden varias veces al día y se pueden escuchar desde cualquier lado de la ciudad) no hay otro indicador sonoro o intrusivo de la religión. Es un poco más molesto que las campanas de la iglesia, pero al menos te encuentras algunas buenas voces de cabeza y falsetes entre los religiosos de las mezquitas. No hay mal que por bien no venga. ¡y a veces hay cada coro inesperado!


Lo que ocurre con mi ateísmo es lo siguiente: he leído y conozco lo suficiente la cultura en la que he nacido. Esta cultura tiene una característica fundamental: procede del cristianismo. España está repleta de tradiciones cristianas de las que sólo te enteras una vez sales y te pones a vivir en un país del Medio Oriente (o Asia en general), por ejemplo. Estas tradiciones pueden parecer fastidiosas, pueden esconder creencias en divinidades o en pseudodivinidades del tipo de la santísima trinidad. Eso es insoslayable. 

Lo que parece injusto, a estas alturas de la película, es seguir con una campaña de acoso y derribo, desde la filosofía o desde los nuevos discursos asociados a científicos con suficiente tiempo libre como para opinar en público, que consigue hacer ver a las religiones y a sus productos como fundamentalmente malos. Y si utilizamos distintas varas de medir para todo, entonces no vamos a ser nunca capaces de ver la realidad.


Ni la religión es de por sí mala ni la intención de los religiosos es violar a niños o inculcar ideas dañinas (a sabiendas) en las cabezas de los feligreses. No es así. Soy de los que creen que todo hecho cultural tiene algo de valioso y si considero cultura al toreo (al mismo tiempo que condeno su ejercicio), ¿qué menos podría decir de las religiones?

No es que sean hechos culturales importantes, ¡es que son las madres de muchas de nuestras ideologías -comunismo, anarquismo...- y formas de ver el mundo!


Lo que quiero apuntar con este pequeño post es que mi ateísmo se ha vuelto menos beligerante. Ya no veo necesaria esa actitud. Quizá porque estoy comenzando a introducirme en los problemas del mundo de una manera más intelectualista. Mi ateísmo es el ateísmo tranquilo: no encuentro la necesidad de preocuparme por dios, no es un concepto que importe lo más mínimo para mi día a día y mi forma de enfrentar éticamente el mundo. Asímismo, mi actitud ante los creyentes no es la del marisabidillo que, por haber leído alguna palabra de Nietzsche, considera que es mejor que nadie. En este sentido y sólo hasta cierto punto, suscribo la mayor parte de lo que dice el papa Francisco en discursos como el que dio en el Parlamento Europeo hace una semana. Si se analiza el discurso mínimamente y no se piensa en él como el jefe de una iglesia históricamente genocida, podremos extraer buenos principios de actuación. Ese mismo día escribí sobre lo necesaria que era una economía al servicio de las personas y el papa, a las pocas horas, casi habló de lo mismo de lo que yo traté en ese post. Estoy esperando la próxima Encíclica donde seguramente trate estos temas con mayor profundidad.


En fin, hay puntos en común y tendríamos que intentar, sin dejarnos llevar por una equidistancia estúpida y cobarde, hacer converger diversas escuelas de pensamiento o confesiones privadas. De lo que estoy seguro es de que el mundo no se cambia desde teorías parciales que marginan otras realidades.

Un saludo.


Francisco Riveira


En Estambul, Turquía

4 de diciembre de 2014

Qué nos ocurre mientras hablamos otros idiomas




Desde siempre me ha interesado la experiencia personal de la gente con los idiomas que sabe. Podría contar unas cien anécdotas de escritores importantes relacionadas con los idiomas que sabían o que estaban aprendiendo. Todas ellas son diferentes pero muestran una vivencia del idioma que tiene puntos en común.

Pienso que los idiomas hacen algo más que comunicar sentimientos o voliciones. Tienen una labor cultural importantísima y sirven como vehículo de pensamientos complejos expresados de una manera que quizá no se encuentre en otra lengua. Ahora mismo, los idiomas más hablados en todo el mundo son capaces de expresar las mismas realidades. Son casos extremos aquellos idiomas que tienen, como dice la anécdota, decenas de adjetivos para referirse al color y calidad de la nieve. Es una exageración que nos pretende demostrar, entre otras cosas, que los idiomas poseen una cualidad irreducible y que por mucho que en el terreno de lo útil sea beneficioso tender hacia una lengua en concreto, esta tendencia eliminaría culturas de raíz. 

En España ha ocurrido con las lenguas guanches, habladas en Canarias. Ya apenas hay personas que las mantengan y los pocos que saben algo de ellas van a morir en los próximos años. Lo mismo ocurre con el aragonés. Conozco a gente que intenta mantenerlo vivo pero el poder del español (y no solo porque esté asociado a un país como España, sino por América sobre todo) es tan grande que otra lengua apenas se necesita para el día a día.

Quería hablaros hoy de esta vivencia de los segundos idiomas. Estamos tan enfrascados en nuestras propias lenguas que meter en nuestra cabeza otro idioma y usarlo habitualmente es todo un reto cognitivo y vivencial. Podría hablaros de la experiencia de esos autores sobre los que he escuchado conferencias. Alguna vez he hecho mención a la primera vez que sentí envidia por alguien (¡un personaje ficticio!) que sabía dos idiomas, era la protagonista de un libro para niños sobre la situación de una familia durante la Segunda Guerra Mundial. Esta niña era alemana y tuvo que emigrar a Francia para sobrevivir ya que su familia era judía. Cuenta el libro, muy simpáticamente, cómo poquito a poco iba aprendiendo más francés en el colegio. Narra cómo, al principio, la niña sentía que estaba fuera de lugar, veía todas las palabras ante ella como cosas inseparables y sin sentido. Sin embargo, poco a poco comenzó a chapurrear el francés y, un buen día, se sorprendió a sí misma pensando en este idioma.

Mi experiencia es la siguiente.

Acabo de hacer mi primer examen en inglés. El examen no era sobre inglés sino sobre filosofía. Ya he hecho dos exámenes en lo que llevo de curso en la Universidad del Bósforo y, aunque no me gusten como forma de evaluación, sí que quería vivir el reto. Los exámenes han sido más sencillos de lo que me imaginaba, no porque yo sea Erasmus (ya que a todos, al ser una universidad en inglés, se nos trata igual) sino porque no iban a matar. La fama de universidad competitiva que tenía el lugar donde estudio este año creo que se ha perdido un poco. Mejor para todos.

El examen ha ido bien porque sabía los conceptos. Lo que ha supuesto mayor sorpresa para mí no es hacerlo bien sino hacerlo en inglés. Conforme iba escribiendo recordaba, al igual que hacen los niños, a las "personas mayores" que me habían hablado hasta ese momento en inglés. Intentaba utilizar conectores y cultismos, idioms que usan algunos de mis profesores en esta universidad... todo para dotar a mi primer texto/ensayo/examen en inglés de una mayor calidad. Estoy totalmente seguro de que seguiré mejorando porque eso es lo bueno de los idiomas, que nunca se va para atrás. Al escribir, como tenía que pensar todo más detenidamente, procuraba dejar las ideas bien claras. En inglés, al igual que en español, se nota enseguida si uno parafrasea o intenta evitar los puntos clave de la pregunta que está contestando. Al hacerlo en inglés, al igual que ligar en otro idioma, se tiende a ir a lo concreto, dejarse de medias tintas y decirse las cosas bien claritas desde el principio. Las ironías y sarcasmos son la pirámide del buen estilo al escribir y, por desgracia, es también la última competencia que se adquiere en un idioma que no es el nativo.

Al hablar me sorprendo a mí mismo al no pensar determinadas estructuras. Si hablase más esto se notaría más. En mi inglés no me preocupo excesivamente por el acento aunque no suena tan españolizado como el de otras personas (por no hablar de Ana Botella). Como escucho y veo a estadounidenses entonces mi pronunciación tiende a ser estadounidense. Utilizo verbos acortados a la forma estadounidense e incluso a veces digo "gotten" y no "got". No me preocupo por el acento. Soy de los que piensan que la pronunciación es lo último a adquirir en un idioma que no es el tuyo. Hablo italiano sin acento italiano pero pronuncio sin errores las consonantes como es debido. Otros, por la musicalidad tan llamativa de este idioma, aprenden primero el tono y luego el vocabulario.

En inglés son estructuras que ya vienen solas. Un idioma se sabe cuando el flujo del pensamiento va al mismo ritmo que las palabras que salen por la boca. Al igual que no paramos de pensar en castellano por falta de vocabulario, en inglés tenemos que tener un vocabulario considerable para que esta fluidez se note. Esto llegó un día mágicamente. Llevaba hablando media hora con una amiga griega y, en cierto momento, ya no pensaba primero en español lo que quería decir y luego lo aplicaba al inglés. El que pretende hablar así un idioma que no es el suyo es un mal hablante.

Hay expresiones que un traductor es incapaz de convertir correctamente. Hay algunos títulos de libros, por ejemplo: "La importancia de llamarse Ernesto" que, ni de lejos, vienen a significar lo que quería decir en su idioma original: "The importance of being Earnest" (Earnest significa Ernesto y, al mismo tiempo, honrado). De ahí el problema al doblar las series. Hay traductores bestiales que son capaces de integrar expresiones en castellano lo más parecidas a las del inglés (o del idioma que estén tratando en cada momento). Eso es increíble por lo dificultoso y demuestra que son verdaderos conocedores del idioma. 


Acabando con el post, me gustaría animar a todos aquellos que intentan hablar en inglés pero que no consiguen expresar pensamientos complejos. Ellos lo tienen todo en la punta de la lengua pero no consiguen expresarlo en inglés. Esto es, ni más ni menos, un problema de vocabulario y fluidez. Y son dos cosas que van de la mano. Uno puede tener un vocabulario enorme pero no ser capaz de unir todo lo que sabe en una frase con sentido. El caso óptimo es justo el contrario: los que intentan hablar fluidamente con el poco vocabulario que tengan. Hablar fluido es un arte. Es, como dice la metáfora del conocimiento del ser humano, un barco que se va construyendo a sí mismo conforme va surcando los mares. Si surge un problema, tiene que solucionarse a bordo. Es una mónada. Los únicos momentos en los que este barco recibe ayuda del exterior, por supuesto, son aquellos momentos en que escucha inglés, lee inglés y comprende una estructura o palabra nuevas... Sin embargo, hasta ese instante, el modo correcto de enfrentarse ante un idioma es corrigiendo el rumbo conforme se utiliza. Lo común es decir: como no sé expresarme tan bien como lo hago en español entonces me rindo y no hablo. ¡No! Lo que hay que hacer es, con lo poco o mucho que sepamos, conformar frases, por muy básicas que sean, pero que tengan sentido y estén bien formadas. ¡Así, poco a poco, y sobre esta base, podremos ir incorporando las nuevas formulaciones de pensamiento complejo que tanto deseábamos poder expresar en un primer momento y que un buen día seremos capaces de articular!

Un saludo.


Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

3 de diciembre de 2014

El discurso de autoayuda favorece a los poderosos



Todo aquel que haya leído un poco sabe que no somos dueños de nuestras vidas ni de nuestras acciones. Esto crea un grave problema en el derecho porque nos hace irresponsables de nuestros actos. Hay por encima de nosotros algo que nos envuelve, conforma y da vida y que no podemos controlar. Llama a este "algo" sociedad, economía, mercado, instituciones, familia, Estado, religiones... Todo ello nos hace sentir y estar de una manera concreta en el mundo y, hasta donde yo sé, nadie me ha encuestado sobre qué opino de todos estos sistemas que ejercen su poder sobre mí y sobre los demás.

Es aquí cuando se abre un interrogante en la vida de toda persona leída: ¿he de comprometerme con el mundo o, por el contrario, seguir viviendo sin pensar en todo lo que ocurre en él? Quizá hacerse esta pregunta ya sea una forma callada de compromiso. Hay preguntas que no nos llegamos a hacer porque no tenemos la vida, las condiciones o los suficientes estudios como para crearlas.

Cuando se cita a Pablo Iglesias en tertulias de la derecha cavernaria de España se suele perder de vista que Pablo Iglesias habla desde un sistema ideológico más o menos concreto. Muchas de sus frases, sacadas de contexto, no significan nada, como las de cualquier persona. Al menos hasta ahora, porque su discurso es ya más de andar por casa. Sin embargo, cuando se le cita hace años, en aquellos momentos no hablaba como político sino como teórico. Se hacía preguntas y las respondía gracias a sus lecturas. Os digo desde ya que para ser profesor de una Universidad hay que haber leído un poquito bastante. Aunque sea tan solo por repetir constantemente lo que decían gramscis, marxs y lenines, el discurso y el lenguaje teórico común se acaban por pegar. 

Ese es un modo válido (y algo más complicado y trabajoso) de llegar a la conclusión de que hay que comprometerse con el mundo. Repito, nadie que haya leído un mínimo es capaz de despegarse del mundo en que vive. La lectura nos tiene que acercar al mundo y los que leen para evadirse de la realidad son parte del problema, de la inacción, de la "mayoría silenciosa". (Este creo que es el único término sociológico inventado por Rajoy. Para un personaje con tan pocas luces parece suficiente).

Están los que llegan a esta conclusión por las condiciones en las que viven. Estos son mayoría. No saben por qué piensan lo que piensan, desconocen los motivos teóricos, lo que está detrás del sistema que les discrimina, les desahucia o mete en la cárcel. Lo que saben es que es de justicia revelarse contra ese sistema. Esta intuición no es una intuición teórica sino práctica. Cuando los políticos hablan de crear poder y conciencia popular (o de clase, aunque esta terminología ya se lleva menos) hablan de esto: hay que enseñar al pueblo, por desgracia poco cultivado, a ver su situación y a darle los motivos para enfrentarse a ella. 

Pero reconozco que hay otros que no viven esta situación de necesidad. Son aquellas antiguas clases medias moderadamente acomodadas, sin problemas de dinero y con apoyos familiares para llevar a cabo cualquier proyecto. Es gente sin mala intención pero que no ve la realidad. Estos son los que se dejan llevar por los discursos de autoayuda que acaban por afirmar el tipo de frase más violenta y repugnante de todas las que se pueden oír hoy en día  "A nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo no tenga la culpa." (atribuida a Montaigne).

Esta barbaridad solo puede ser propia de gente sin mala intención que trata de animar a los demás. Lo que no saben es que, al tiempo que animan y dan fuerza están culpando al que no debería JAMÁS recibir acusaciones de culpabilidad. El escritor o repartidor de consejos de autoayuda suele levantarse contento, sentirse bien con su forma de ayudar a la gente. Hay que tratarle desde el respeto y con la teoría en la mano (porque no hay otro modo de hablar con los que comparten frases efectistas). Hay que mostrarle que, lejos de estar ayudando a los más desfavorecidos, les está hundiendo en el fango de su propia desgracia atribuyéndoles un pecado que jamás cometieron. 

¿Cuánto mejor iría al mundo si este club de cándidos se dedicase a culpar a los que detentan el poder?

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

2 de diciembre de 2014

El modelo freemium, cultura accesible y de calidad.



Yo soy de los que piensan que la gente no es que no quiera pagar por la cultura que consume sino que la quiere rápida, de calidad y sencilla de acceder. El problema con la cultura que consumimos a través de Internet es que cumple esos tres requisitos. Si a ello le añadimos que es gratuita, ¿qué más se le puede pedir?

Pues bien, yo creo que la gente sí que quiere, pero no sólo por ver cuatro series concretas, o por un CD del que van a disfrutar solo las dos o tres canciones más conocidas. Creo que si ofrecemos al público un modelo que gestione todo el contenido multimedia que consume y que le permita acceder a él desde cualquier parte, con o sin conexión, aunque sea pagando... creo, por supuesto, que la gente se apuntará.

También hay quienes deciden no pagar por nada. Hay de todo en la viña del señor. Estos son los peor educados en las tecnologías y, además, los que muestran una falta absoluta de respeto por el trabajo de los demás. A ellos, por muchos modelos que les ofreciésemos para que pudiesen acceder a sus videojuegos y libros favoritos, decidirían seguir por el lado "pirata".

El problema aquí sigue siendo el mismo: los que más fácil nos lo ponen son aquellos que se aprovechan del contenido que otros crean. Si, por ejemplo, Antena 3 decidiese jugar a la misma altura que otros canales de televisión estadounidenses (donde no ponen pega alguna para ver contenidos online), otro gallo cantaría. Si aquellos cantantes que tanto se quejan (o escritores) de que nadie les escucha y de que están dejando de vender discos decidiesen seguir otro modelo de negocio alejados de las editoriales tradicionales, quizá les iría mejor. Lo que no puede ser es que nos mantengamos sobre las mismas fórmulas cuando tenemos la capacidad y los aparatos necesarios para que estas fórmulas cambien. Recordad que el contenido puede ser el mismo, la gente pagará por él, lo que cambia es el formato, y si el formato más sencillo de utilizar es gratuito, la gente irá a por lo gratuito.

Por no hacer mención al modelo freemium. Cuando estamos ofreciendo un servicio sin pedir más a cambio que la visualización de anuncios, estamos creando un contrato explícito con el consumidor (qué palabra más fea) de esa producto cultural. Muchos siguen pensando que su información en Internet tendría que desaparecer, pero también desaparecerían numerosas webs y empresas que viven de la posesión de esa información. Aun hay quienes creen (sin duda, embargados por una grave incultura tecnológica) que el presidente de Facebook se dedica a mirar sus conversaciones privadas y que, cuando les dices que su información y sus metadatos son compartidos, ya se están imaginando que sus fotos del verano están de paseo por las oficinas de alguna empresa en Silicon Valley.

Creo que tendríamos que hablar de esto más en serio. Creo que todos, académicos, escritores, músicos... artistas en general, tendrían que ponerse de acuerdo y ofrecer sus producciones a través de los nuevos medios y que así, aunque sea por acostumbrarse a su presencia en estos lugares, la gente comenzaría a utilizarlos.

El concepto de pertenencia es algo muy arraigado en cualquier sociedad. Pero esto es difícil de erradicar. La posesión de libros, de una biblioteca entera, de CD's que ocupan espacio, quizá puedan servir para decorar un bonito salón o para fardar delante de los melómanos pero... más allá de eso, ¿qué sentido tiene?

Al igual que ayer hablaba de los Kindle... ¿qué sentido tiene guardar libros -sin apuntes ni nada- en cajas? ¿No es mucho más enriquecedor poder acceder a ellos en cualquier momento, si se les necesita, y buscar la información que puntualmente queramos?

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.

1 de diciembre de 2014

Mi experiencia con Kindle Paperwhite



El 20 de abril del 2013 (hace ya año y medio) hice la que puede ser una de las mejores compras tecnológicas de toda mi vida (quizá al nivel del iPod Classic o del Samsung Galaxy Note 2): el Kindle Paperwhite (Primera generación).

Hoy me gustaría hablaros un poco de mi experiencia con este lector de libros electrónicos y por qué ahora no concibo una lectura (cómoda) si no es a través de este aparato.

Sin embargo, voy a comenzar con una de las mayores pegas que he visto: el catálogo no es el apropiado para alguien que tiene que leer mucho para su desarrollo académico. Si buscas leer tus libros favoritos de Bergson, de 60€ el tomo, en el Kindle, olvídate. No es un buen aparato para eso, por el momento. Y aquí no sé si la culpa es de Amazon o de quién porque no he visto a editoriales como Gredos o Taurus muy interesadas en hacer buenas versiones de sus libros para Kindle. Sinceramente, si hoy cada vez más la gente viaja y quiere tener todo en digital (la tendencia va hacia allí y nunca volverá atrás, por mucho que la gente lo piense así, por mucho "boom" de vinilos que haya ahora) entonces no sé qué sentido tiene no facilitar esa biblioteca en digital. Ahora mismo es inconcebible tener una biblioteca al estilo de la que poseían los grandes escritores de la historia. Y no sólo es inconcebible por espacio y por dinero sino que es inútil. Todo el conocimiento que cabe en una biblioteca de 200 metros cuadrados lo puedo tener guardado en un aparatito que no pesa más de 220 gramos. Sólo es eso lo que echo en falta... ¡libros académicos! A veces uso Scribd para descargarme libros académicos que están ya escaneados. Y que nadie se asuste: los buenos profesores (o al menos los preocupados por nuestra economía) son los primeros en facilitarnos estos libros en PDF. En fin, es cuestión de comodidad. 

Llevo metiendo todo en la nube desde mi primer curso de bachillerato y esto me permite tener acceso a cualquier tema, conferencia o libro leído hasta entonces que haya pasado por lo digital. Hubo una época en que escaneaba cualquier cosa que nos diesen los profesores, luego tiraba el papel o lo reciclaba y me quedaba con la copia en digital. En no pocas ocasiones he rechazado montones de papeles que los profesores habían fotocopiado porque luego yo pedía sus fotocopias a los compañeros, las escaneaba en una noche y al día siguiente se las devolvía. Después ya dejé de escanear e hice fotos con el móvil. Al final ni fotos ni escaneo, los profesores se sumaron al carro de no imprimir nada y yo tan contento.

Para leer PDFs el Kindle no sirve ya que la pantalla es pequeña y los PDFs no se redimensionan tan fácilmente como los ePUBs u otro tipo de formatos para lectura electrónica. Hoy en día no concibo estudiar un texto si no es a través del subrayado del PDF. Aquí en Estambul he tenido que comprar algunos "Paquetes de textos" pero porque de otra manera poder acceder a todos los textos a la vez era engorroso. Y ahora me pregunto cómo voy a meter ese peso inútil en la maleta de vuelta a España. Tampoco he comprado libros físicos en Estambul, faltaría más... es ya algo que ha quedado atrás en la historia y el único valor que tiene es poder ser firmados por el autor: en tal caso ya me encargaré yo de que su firma quede en un lugar bonito.

Pero, por lo demás, es el aparato perfecto.
Si lees cualquier tipo de literatura, si lees más de 3 o 4 libros al mes, este es tu aparato. No sólo es sencillísimo leer (abrir la funda, o encenderlo, y ya está) sino que la batería dura un montón. En el modelo que yo tengo, el Kindle Paperwhite, hay una luz integrada que te permite leer bajo cualquier condición. Pero no significa que la pantalla sea de cristal, no, la pantalla es de tinta electrónica, estas lucecillas LED están bajo ella y te permiten observar lo que estás leyendo sin que tu vista se canse en ningún momento. En fin, es como leer sobre papel pero con luz integrada.

El catálogo de Kindle es amplísimo y hace unas semanas estrenaron Kindle Unlimited. Lo he probado y ya he leído tres o cuatro libros gracias a esto. El catálogo aún es pequeño en español pero en inglés es bestial: hay casi un millón de libros. Pagar 10€ al mes por esto es casi regalado, al igual que pagar por música ilimitada en Google Music.

La facilidad de descarga de libros se hace patente desde el primer volumen que compras. Sólo necesitas Wi-fi y, una vez está en tu Kindle, ya puedes leerlo sin preocuparte por las conexiones.

Hay otras herramientas que son utilísimas, voy a describirlas brevemente:

-Subrayado: Es como un subrayador normal, pero virtual. Es sencillísimo, simplemente tocas las frases o párrafos que te interesan y luego guardas el subrayado. Más adelante puedes consultar todos tus subrayados porque se crea un documento a parte con todos ellos. Esto es genial en caso de querer estudiar un documento. Una pena, repito, que no haya más catálogo de libros académicos.

-Diccionario: El diccionario de la RAE está integrado en el Kindle y basta con pulsar con el dedo sobre una palabra cualquiera para conocer su significado. Es más rápido aún que buscar en la rae.es. Cuando leo sobre cualquier otro aparato y no conozco el significado de las palabras me pregunto qué les costaría insertar un diccionario. Y, lo mejor de esto, es que la ventana que se abre es flotante y no tira de Internet, el diccionario está descargado previamente en tu aparato. Una vez conoces el significado, simplemente cierras la ventana flotante y al instante estás continuando con la lectura.

-Traductor: Esto lo descubrí el otro día y, en fin, ¡qué decir! Estaba leyendo a Russell en inglés y echaba de menos esta opción de vez en cuando. También hay diccionario en inglés pero es un diccionario que explica el significado, no que traduce (como es obvio). El caso es que al pinchar en una palabra aparece el botón de "Más" y es ahí donde puedes pulsar en traducción. La traducción es bastante correcta, la hace Bing y me parece que requiere conexión a Internet.

-Documento "Repasar vocabulario": Esto es de lo mejor. Imagínate que llevas un buen tiempo leyendo. Has hecho subrayados, has buscado el significado de diversas palabras y oraciones. Sabes que todos esos subrayados están guardados a buen recaudo en la nube de Amazon pero... ¿qué ocurre con las palabras? Pues bien, en una de las últimas actualizaciones integraron esta maravilla, que es el documento "Repasar vocabulario", consiste en lo siguiente: cada vez que pulsas sobre una palabra, esta se guarda en un documento a parte permitiéndote ver, de un solo vistazo, todas las palabras que en algún momento has leído y cuyo significado desconocías.

En fin, ¡después de este post siento que me tendrían que, como mínimo, hacer una oferta en el próximo Kindle que me compre, o regalarme otro! Pero es así como lo siento: es un aparato excelente para los lectores: cómodo, útil, elegante... Y lo mejor de todo, si solo quieres leer y no preocuparte de otra cosa, no te va a defraudar. Gracias al Kindle volví a retomar con fuerza el hábito de la lectura y, como he dicho antes, me cuesta mucho más -desde entonces- leer en cualquier otro formato.

Un saludo.

Francisco Riveira

En Estambul, Turquía.