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20 de noviembre de 2014

Comentarios a una conferencia de Emilio Lledó - Primera parte







Emilio Lledó va a hablar en esta serie de conferencias de un binomio contradictorio, Mucha gente piensa que ambas cosas, política y felicidad, no tienen nada que ver la una con la otra. Lledó ve que esencialmente tienen algo que ver pero que no se puede soslayar esa intuición primaria del hombre actual que contempla que no son únicamente conceptos contradictorios sino que pertenecen a campos totalmente divergentes. Para abordar el problema plantea la oposición entre ambos conceptos y si la felicidad o la política es paralizadora o incompatible con su respectiva. Lledó querrá levantar ambos términos de la presión que ha caído sobre ellos para ver si existe una carne histórica en ambas palabras pues parece que cuando un concepto es tan manido pierde su sentido. En el ámbito de la vida podemos olvidarnos de que esas palabras no sólo viven en la temporalidad inmediata en que yo las pronuncio sino que ha habido épocas en la que estos términos surgían a la intemperie y se hacían vivos, alimentados por su tiempo. Va a tratar Lledó de estos conceptos, utilizados por nosotros mas no inventados (he aquí el problema). Habrá que ver si es posible “oírlos” en aquel ámbito cultural en que nacieron y así enriquecer nuestro presente con la voz “perdida” de aquel pasado. Hay que ser consciente de que esas voces del pasado siguen vivas, voces en las que, precisamente, se encierra la única posibilidad de que el hombre tenga pasado. No podemos ver esos textos aplastados por su propia textualidad sino que hemos de dejarlos emerger de sus circunstancias y de sus problemas, si no lo hacemos así estaremos partidos en una extraña temporalidad. Leer un texto es poner el oído en su época para evitar esa trivialización conceptual (lectio facilior) en la que estamos sumidos tan a menudo. 

Estar informado no quiere decir estar pensando, en nuestra época podemos tener datos por mil medios diferentes pero en absoluto solo informarnos caracteriza la esencia del ser humano, que es pensar. Por ello la filología no supone tan solo el amor al lógos sino también connaturalidad y proximidad, un cultivo del texto (no del texto en tanto que el texto) o un retrotraerse hacia el pasado y ponerse en situación determinada para alimentar nuestro presente. Se trata de un diálogo en que nos oímos a nosotros mismos y en que el interlocutor no nos escucha. El olvido del texto como algo vivo, para Lledó, es una de las enfermedades del presente: el embotamiento del sentido de esa voz.

Lledó cree que hay una distorsión ontológica, del ser mismo, del hombre mismo. No sólo no sabemos comunicarnos sino que no sabemos ya oír. La función del hombre no es saber sino crear, no recibir sino crear, pues según Aristóteles la vida es fundamentalmente práxis. Este deterioro ontológico es el que lleva, según el profesor Emilio, a la contraposición entre los conceptos Política y Felicidad. 


Ambas palabras surgieron en Grecia y el lenguaje surge porque la realidad lo exige. Estos textos que dan luz sobre nuestro asunto tienen un carácter simbólico (en el sentido griego: un pedazo de algo que se daba a otra persona para que, al cabo de un tiempo, ambos trozos pudiesen coincidir y así reconocerse). Llega un momento en que los textos de los grandes filósofos se solidifican y no nos sugieren nada más: este es el peor favor que les podemos hacer, al parecer de Lledó. Para Heidegger el lenguaje es la casa del ser, tesis parecida a la que sostenía Platón cuando decía en el Fedro que el lenguaje es “simiente”: la semilla de la comunicación intelectual, de la máxima felicidad.


Dice Lledó que cuando habla de felicidad siente algo de apuro o rubor, ¿por qué? Por lo que ve a su alrededor (amenazas continuas, un horizonte de inseguridad...). Pero dejando de lado esos temores ve más necesario que nunca hablar de ese término: tiene sentido plantearse ese problema porque además puede servirnos para aclararnos algunas cuestiones difuminadas o evaporadas por pseudoplanteamientos. Esta palabra existe en nuestro lenguaje y, además, la hemos asumido.


La felicidad es como una piedra de choque para una afirmación del yo y de nuestra propia vida. ¿Pero dónde surgió esta palabra dentro de nuestra cultura occidental? Ellos (los griegos) la llamaban eudaimonía, pero antes de ser un sustantivo más o menos abstracto fue eu-daimon, un buen diosecillo o demonio (en el sentido positivo), un buen sorteador que nos había dado un buen dote vital. Uno de los textos más característicos donde aparece esta palabra es un texto de Eurípides, el Orestes: “Cuando el daimon nos da algo bueno, ¿qué necesidad tenemos de los amigos?”. Curiosamente aquí la palabra "felicidad" aparece opuesta a la amistad.

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